TESTIMONIO DE VIDA

Me llamo Norman Aguilar y hace 56 años nací en la ciudad de Puerto Cabezas, departamento de Zelaya, Nicaragua, dentro de una familia que no lo era o mejor dicho, disfuncional.  Somos un número considerable de hermanos de madre o medios hermanos. Éramos muy pobres y tengo la convicción de que no fui bienvenido a la vida de mi madre y durante los siguientes años me convertí en un estorbo en su vida y como consecuencia,  esto me trajo un sin número de sin sabores, mediante el maltrato físico y emocional, así como la evidente falta de amor; un ingrediente tan determinante e indispensable en la vida de un niño durante su desarrollo.

No conocía a mi padre y no preciso a que edad lo conocí; sin embargo,  cuando esta oportunidad se dio, automáticamente le extendí mis manos, pidiendo porque tenía  mucha necesidad. No obstante, este señor puso claro las cartas sobre la mesa y aunque era pequeño, entendí que no podía contar con él para nada; empero,  el destino me jugó su cuenta, obligándome a tener una relación con él. Sucede que mi última hermana, era hija también de este señor (mi padre) y eso me convirtió en el candidato idóneo para ir a retirar, la cuota que asignó para mi hermanita, que era de C$ 10.00 (diez córdobas) semanal; o sea, en aquel entonces, equivalente a US $ 1.43 (un dólar con 43 centavos).

Loa años transcurrieron entre golpizas fuertes, maltrato físico y emocional hasta poco antes que decidí abandonar mi llamado hogar y pueblo. Me incursioné en otro mundo, comencé a trabajar y conocer los diferentes sabores que ofrecía mi alrededor y como agente curioso, hice la prueba de muchas cosas, entre ellos el consumo del licor, que años más tarde me traería consecuencias lamentables.

Era muy esforzado en todo lo que emprendía y hacía. Dios me bendijo de tal manera, que me llevó a ciertos niveles, facilitando mediante el cargo empresarial tener  relación  con ministros y presidentes de naciones del área centro americana. Mientras mas ascendía en el mundo laboral y social, paralelamente iba en aumento el consumo del alcohol y, juntamente con ello los desastres que este mal acarrea; tales como: destrucción de dos matrimonios y la afectación de vidas femeninas, cuales solo utilizaba a mi arbitrio y capricho. Esta situación continúo hasta el año 1996, tiempo durante el cual mi alcoholismo se estabilizó en una botella al día, como cuota normal que tomaba, acompañado o solo. A estas alturas yo estaba sumergido no solo en el alcohol, sino también padecía de sufrimientos diversos tales como: angustia, depresión, amargura, rencilla rencor y la lista es larga hasta llegar a acariciar el pensamiento del suicidio. Llegado octubre de 1996, para ser exacto el 10, atendí una reunión almuerzo de unos hombres de negocios, quienes en la introducción  de la reunión dijeron: que el que entraba por la puerta, no saldría igual. Como yo era el único invitado ese día y además no entendía esa nueva forma de hablar, la verdad creía que estaban chiflados y no le puse mente. Me dieron un sobre y un papel para escribir una oración, pero yo no escribí nada, ni repetí la oración que hacen al final del testimonio que comparten. No obstante, en su misericordia Dios utilizo a un hombre que hizo una oración por mí, y en verdad no Salí igual de ese restaurante; Salí con paz y sonriendo, algo que no era una práctica mía, puesto que  era una persona amargada, por excelencia.

Puedo acordarme unos años antes, estando en una buena posición laboral y  económica, recibí una carta de mi madre con quien no tenía  relación ni comunicación, en donde me informaba sobre la aparición de un cáncer terminal en el estómago de mi padre y que precisaban de mi ayuda económica para prolongar su vida por un año, contrariamente, si no le suministraban el tratamiento, solo tendría  vida por tres meses. La verdad, no atendí  esta súplica porque no me interesaba, en virtud de que a esas alturas del juego, era una persona muy dura de corazón,  y que en alguna medida ellos (mis padres) habían contribuido a formar. En conclusión, no respondí.

A los tres meses, me envió otra carta, informándome sobre la muerte de mi padre y suplicando nuevamente que le ayudase económicamente para su entierro, y tampoco atendí su solicitud; cerré este capítulo tirando la carta al cesto de la basura, pronunciando una frase desagradable.

Desde ese 10 de octubre el Señor comenzó a tratar con mi vida y lo primero que me regaló fue la paz, luego recibí  gozo, y como efecto inmediato desapareció  la angustia, la amargura, la depresión, la rencilla, el rencor  y todo aquel  peso que me agobiaba. Me devolvió la sonrisa, el buen sueño, porque solamente alcanzaba dormir tres horas ayudado por el licor que tomaba. El Señor fue tratando conmigo hasta confrontarme con el pecado cometido en contra de mis padres  a tal punto que me mandó a recordar que él había instruido honrar a padre y madre y en mi caso particular, no estaba poniendo condiciones si me habían tratado bien o mal. Esto repercutió en mi corazón en una forma dolorosa  y mis compañeros cristianos me dijeron que esto se arreglaba pidiendo perdón y perdonando a mis padres. Pedí perdón a Dios por lo de mi padre, en virtud de que está muerto, pero eso dejó la cuenta abierta con mi madre.

Algunos meses después de andar en este camino, Dios me dio la oportunidad de acercarme a mi madre, quien estaba de paso por Managua y traté de hacer lo que me habían recomendado (pedir perdón y perdonar). Honestamente, no me acuerdo que le dije, solamente sé que salí de esa casa más liviano y con una mayor paz, esa noche.  Más tarde tendría una nueva y excelente relación  con mi madre, que dicho sea de paso, duró, hasta que partió de esta tierra.

En este espacio podría detallar muchos milagros, porque cada día experimento uno y en sí, soy un milagro viviente del Señor; pero me limitaré a concentrar en lo que ocurrió desde enero del 2011 al presente. En esa fecha, comencé a sentir una molestia en la garganta cuando tragaba y motivado por mi esposa decidí visitar al Otorrino. En el curso del examen, la doctora me dijo que no le gustaba lo que veía y recetó un tratamiento, haciendo la observación de que si no funcionaba, el siguiente paso sería realizar una biopsia. El tratamiento no surtió efecto, pero durante su administración, ocurrió una serie de eventos dolorosos en mi familia, cuales culminaron en la muerte de mi madre y 9 días después mi suegra, respectivamente. Esto atrasó el proceso y me pudieron someter a  cirugía menor el 29 de abril, con resultados positivos en dos biopsias realizadas, en virtud de que existía un tumor maligno en la amígdala izquierda y la base de la lengua estaba afectada, también.

No obstante, la fidelidad de Dios se manifestó antes de la muerte de mi madre, a quien traje a Managua y tuve la oportunidad de hacer la oración de aceptación del Señor en su vida y a la hora de su muerte fue tranquila y en paz.

Vistos los resultados de las dos biopsias, la doctora fue franca sobre lo delicado de la situación y me trasladó a un Oncólogo, quien en la primera consulta, me observó que tendría que someterme a Radioterapia y Quimioterapia. Así mismo, me hizo ver que solamente había un centro de Radioterapia en Nicaragua, era gratis y tomaba tiempo entrar en el programa, teniendo que llenar algunos requisitos y trámites. Fue durante este tiempo que un amigo me habló de terapias alternativas naturales que podían realizar la cura y abandoné la primera opción y elegí esta última.  Sin embargo,  en el curso  de esta terapia algo inexplicable ocurrió; tanto, la doctora como yo nos descuidamos y el tumor mutó. A estas alturas, estamos en noviembre; fecha que decido viajar a Costa Rica, empujado de alguna manera por una hermana, con la promesa que todo los gastos correrían por su cuenta. Fui a Costa Rica, pero en vez de recibir tratamiento el viaje resultó de exploración que arrojó sorpresas en costo; y al saberlo mi hermana se echó para atrás. Mi error fue poner la mirada en ella a través de su promesa, olvidando a Dios y sus promesas. En esta fase, volví la mirada rápidamente al Señor de nuevo, quien comenzó a abrir puertas para recibir el tratamiento.

El tratamiento fue agresivo, resumido en 35 sesiones de radiación y tres quimioterapias. En el curso (desde el inicio) de la enfermedad perdí alrededor de 100 libras y el costo total del tratamiento y gastos conexos, fue alrededor de US $18,000.00 (dieciocho mil dólares), dinero que el Señor suplió sobrenaturalmente y que para su honra y gloria no debo nada. Estaba tan débil que el doctor no se atrevió a darme la última quimio, me mandó a casa para recuperarme y un mes y medio después regresé a tomarla. Durante el proceso, me examinó y dio un grito de alegría y cuando le pregunté qué pasó, me respondió, don Norman, el tumor desapareció. Dios me sanó y esto se confirmó un mes después cuando fui sometido a un examen de control y seguimiento en Costa Rica y los resultados indicaron que desde el cerebro hasta cubrir la nuca, no hay metástasis, totalmente limpio para la gloria y honra del Señor.

En todo este proceso pedía sanidad a Dios y no entendí en ese momento por qué no se daba; sin embargo, en vez de quejarme, le dije Señor tomaré ese trago amargo, pero que no me abran la garganta (Traqueotomía), por cuanto el primer oncólogo había recomendado esto por dificultad de respiración, pero la fidelidad de Dios se manifestó, en que no me lo hicieron, ni abrieron la boca del estómago para poder darme alimento.

Dios tenía propósitos que se cumplieron en mi vida. Por primera vez en mi familia hubo unión, algo por la cual había orado catorce años antes, volví a tener una relación con mis hijos, conocí mis dos nietos de 5 y 10 años, Dios me demostró que cuando confié en El, honró mi Fe. Suplió cada necesidad, porque llegue un momento en mi vida en donde no tenía otra opción más que creerle a Él y confiar en Él. Me levantó de una cama de muerto, me dio fuerzas, aun cuando no comía durante días, sometido a esos tratamientos. Me dio otra oportunidad de vida.

Y si todo esto fuera poco, me dio una pensión de por vida. Sobre este particular, siempre le pedí servirle tiempo completo con un ingreso, aquí fue la respuesta. Hoy le sirvo con el corazón y el alma, por amor y agradecimiento. Luego me suplió en los tiempos de necesidad para mis dos viajes a Costa Rica y si esto fuera aun poco, me dio ingreso al programa oncológico; hoy, me puedo chequear y realizar los exámenes de control, sin costo para mí. Me usa hoy para animar a los enfermos, particularmente de cáncer, hablar con sus familiares sobre el trato que espera este tipo de  enfermo, de ellos Así mismo, testifico de su gloria y milagros, etc.

El Señor es fiel y solo está  a la distancia de una oración. El desea ayudarte, sanarte, restaurarte y liberarte, como lo hizo conmigo, cuando me liberó del licor, la depresión, el acoso del espíritu de suicidio, etc.

Podría seguir contando más, pero ya agoté el espacio.

¡Este testimonio es para la honra y gloria de nuestro Señor Jesucristo!.

Managua, 29 de agosto del 2012

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*