Superficial y profundo

“Si, pues, coméis o bebéis o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”, (1 Corintios 10:31).

Ten cuidado de pensar que las circunstancias sencillas de la vida no son ordenadas por Dios, lo son tanto como las trascendentales. Nuestra devoción a Él no es lo que nos impide ser superficiales, sino nuestro deseo de impresionar a otras personas con el hecho de que somos muy escrupulosos en lo espiritual y moralmente superiores. Debemos tener cuidado porque de esta manera despreciamos a los demás.

Esto nos convierte en una amonestación ambulante para otras personas, porque son más superficiales que nosotros. Ten cuidado de alardear por creerte alguien profundo. Dios se hizo niño.

La superficialidad no indica pecaminosidad, ni es una señal de que no hay nada profundo en tu vida. El océano tiene sus playas. Incluso las actividades superficiales de la vida como comer y beber, caminar y conversar son todas ordenadas por Dios. Nuestro Señor las vivió. Las practicó como el Hijo de Dios y declaró que “el discípulo no es más que su maestro”, Mateo 10:24.

Nuestra salvaguarda está en las cosas superficiales de la vida. Debemos vivir la vida superficial del sentido común de una manera normal. Luego, cuando Dios nos dé las bendiciones más profundas, obviamente las apartaremos de las superficiales. Nunca muestres la profundidad de tu vida a nadie más, que a Dios. Somos tan repulsivamente serios y tan desesperadamente interesados en nuestro propio carácter y reputación, que rehusamos portarnos como cristianos en las situaciones superficiales de la vida.

Decide considerar sólo a Dios y a nadie mas, como importante y digno de atención. Quizá encuentres que la primera persona con la cual debes ser muy crítico, por ser el fraude más grande que jamás hayas conocido, eres tú mismo.

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