Qué hacer cuando ya no podemos más

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

Puede ser que algunas personas estén leyendo este libro porque leyeron otra obra mía y les gustó. Otros lo estarán leyendo porque me han escuchado por radio o me han visto por televisión. No obstante, algunos lo estarán leyendo debido a su título: Cómo triunfar en la vida.

Si existe algún problema al cual no puede hacerle fren¬te, tengo buenas noticias para usted: triunfar sobre los problemas no es una proposición del tipo “hágalo usted mismo”. Hay un Dios en el cielo. El sí obra milagros hoy día. y esos milagros están al alcance de todos sus hijos.
He tenido que encarar tremendos problemas en mi vida, y Dios también me ha bendecido con algunas tremendas bendiciones.

Nuestra tercera hija, Jeanne Michelle, nació con pies deformes, y Dios la sanó.
Mi esposa, Joyce, casi muere de fiebre reumática. Dios la sanó a ella también.
Vez tras vez Dios ha provisto las finanzas que nuestra familia ha necesitado, justamente cuando nuestra familia las ha necesitado… incluso cuando yo trabajaba de evangelista itinerante sin ninguna fuente estable de ingresos.
He visto a Dios obrar en la vida de otras personas: devolviendo la vista a los ciegos, sanando a los cancerosos, y liberando a otros de la droga, del alcohol, de la artritis, de las enfermedades mentales… y de toda clase de padecimientos.

Cuanto más veo la manifestación del poder de Dios, tanto más me convenzo de que existe sólo una manera en que USTED puede enfrentarse a los problemas cuando ya no soporta más, y esa manera es valerse del poder sobrenatu¬ral de Dios por medio de la oración. Jesucristo nos enseñó claramente que sólo podemos sobrevivir la vida cristiana manteniendo una vida de oración constante. El declaró que se necesita “orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:1).

En el otoño del primer año de casados Joyce y yo emprendimos un viaje al golfo de México. Durante cuatro semanas celebramos reuniones evangelísticas en la Iglesia de las Asambleas de Dios “Cedar Bayou”, de Baytown, Texas. Las reuniones concluyeron a mediados de noviem¬bre y no tendríamos ninguna otra campaña hasta el mes de enero del año siguiente.

La población de Baytown está relativamente cerca de la ciudad de Houston, Texas, y yo deseaba conocer personal¬mente al famoso evangelista Raymond T. Ritchie, quien, con la ayuda de su hermano, pastoreaba el Templo Evangelístico de Houston.

Conduje mi auto hasta Houston a fin de conocer al hermano Ritchie. Mientras viajaba por la autopista ensaya¬ba en mi mente todo lo que le iba a decir a ese hombre de Dios. Durante la Segunda Guerra Mundial él había utiliza¬do una inmensa carpa roja, blanca y azul para celebrar campañas que conmovieron a las ciudades para la gloria de Dios. Durante todos esos años el hermano Ritchie ha mi¬nistrado noche por noche a millares de personas.

Cuando nos conocimos él fue muy cortés conmigo.
Tuvimos un bendecido tiempo en que compartimos nuestras experiencias y me sentí privilegiado de estar junto a él. Aquí estaba yo, un novato en el ministerio; y allí estaba él, Raymond T. Ritchie, un maduro hombre de Dios, de unos sesenta años de edad. Con todo, era un hombre vigoroso y jovial.
Después de pasarnos un par de horas de camaradería el hermano Ritchie me sugirió algo: “Ya que no tienes ningún compromiso durante las próximas seis semanas, ¿por qué no vienes y colaboras conmigo aquí en el Templo? Estoy dispuesto a ayudarte económicamente con veinticinco dó¬lares por semana y sólo tendrás que ser mi ayudante perso¬nal en todas las facetas del ministerio.”
Acepté gustosamente su oferta. Las seis semanas si¬guientes fueron para mí una genuina experiencia de apren¬dizaje. Tenía yo como instructor a uno de los generales de la fe del ejército de Dios.
El rasgo más impresionante del hermano Ritchie era su vida de oración. Aprendí bien de cerca el significado de Romanos 12:12, “? constantes en la oración”.

Durante mi asociación con este hermano en su ronda diaria de obligaciones, presencié muchos casos de consejería, mensajes telefónicos urgentes, problemas grandes y chicos. Siempre, sin falta, Raymond T. Ritchie interpretaba esos asuntos como un llamado a la oración. Muy raras veces lo vi hincado de rodillas hablando con Dios. No obstante, según desempeñaba sus obligaciones ministeriales él oraba constantemente.

Para darles un ejemplo de cómo él cumplía tal hermosa obligación de orar sin cesar, recuerdo aquella mañana cuando entré en su despacho para darle una importante noticia: “Hermano Ritchie, mi esposa Joyce fue al médico ayer y él le confirmó que vamos a tener nuestro primer bebé.”

De inmediato él estrechó mi mano y comenzó a orar por Joyce, por el bebé que venía en camino, por salud para ambos, por un parto normal, ¡y que nuestro bebé creciera amando y sirviendo al Señor!

Sé que el hermano Raymond T. Ritchie tenía tempora¬das a solas con el Señor en las que pasaba en oración muchas horas seguidas. Su conducta lo evidenciaba. Con todo, a mí me servía de gran inspiración su método de “comunicación instantánea con Dios”. El hermano Ritchie creía que cada situación que se presentaba era algo acerca de lo cual se debía orar.

“Cuando se nos ordena que ‘oremos sin cesar’ ?me dijo una vez?, eso no quiere decir que siempre tengamos que hacerlo de rodillas. Mientras caminamos, conducimos el automóvil, orientamos a alguien, tomamos decisiones… debemos saturarlo todo de oración.”

Raymond T. Ritchie oraba porque conocía el poder de la oración. Cuando confrontaba una dificultad, él no inten¬taba vencerla solo. No iba por la vida como uno que “puede hacerlo todo sin ayuda de nadie”. Al igual que otros pasto¬res, él tenía que atender regularmente a miembros de su iglesia que sufrían y confrontaban graves problemas: pa¬dres que habían perdido a un hijo, personas enfermas, parejas con dificultades, hogares divididos, gente muy po¬bre, individuos a los que se considera “incurables”. Esas personas no deseaban que se les demostrara simpatía; no querían lemas para aprenderse de memoria y autosugestio-narse; querían soluciones para sus problemas. El hermano Ritchie sabía dónde tenía que acudir para encontrar tales soluciones.

Si usted no es un creyente bíblico, o asiste a una iglesia que no enseña acerca del poder de Dios que obra milagros hoy día, puede ser que encuentre todo este concepto de orar por sus problemas como algo demasiado increíble.

Es probable que usted sea de los que creen que “Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos”.
Pero, ¿sabía usted que eso de que “Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos” no se encuentra en la Biblia? Si desea usted saber lo que Dios quiere (o no quiere) hacer, la única fuente confiable de información es la Biblia: la Palabra de Dios. Según esa Palabra, “Dios es nuestro am¬paro y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulacio¬nes” (Salmo 46:1).

Uno de los más fascinantes relatos verídicos que he leído hasta la fecha es el de Roberta Lashley Bonnici, de Lexington Parle, Maryland, Estados Unidos. Su historia apareció en el número de diciembre de 1965 de la revista Guideposts, la cual es leída por millones de personas. Ella me ha autorizado a reproducir aquí sus experiencias:
La reunión de oración en nuestra iglesia aquel viernes por la noche había estado tan buena que perdí la noción del tiempo y se me fue el autobús de las 9:00. Tuve que esperar el siguiente, que pasó a las 11:20 P.M. Cuando me bajé del autobús en aquella solitaria ca¬rretera en medio del campo faltaban diez minutos para la medianoche. Aun tendría que recorrer cami¬nando un trecho de unos veinte minutos para llegar a mi casa.

De ordinario me desagradaba tener que subir la empinada cuesta de la carretera de Bald Knob por la que se llegaba a nuestra casa. Pero esa noche aún me encontraba bajo la influencia de la reunión de oración, flotando en las nubes con el idealismo de una señorita de diecisiete años de edad en la primera efervescencia la fe.

No fue sino hasta que un automóvil paró junto a mí en aquella oscura vía que me di cuenta de que estaba extenuada.

? ¿No quiere que la lleve hasta su casa? ?dijo una voz varonil mientras la puerta del auto se abría de par en par.

? Sí, gracias ?dije agradecida y me subí. Sólo entonces me di cuenta de que el conductor del coche era un desconocido, no un vecino como había yo pensado.

En nuestra comunidad agraria el brindarse para llevar a alguien era una costumbre tan común que ni siquiera un asomo de precaución cruzó por mi mente mientras le daba las gracias al conductor del auto.

El no contestó nada, por lo que viajamos en silen¬cio hasta que señalé hacia mi casa. Pero él no dismi¬nuyó la marcha.

?Esa es mi casa ?repetí.
¿Era mi imaginación o aumentaba la velocidad del coche? Pasamos frente a mi casa sin detenernos.

?Ahí adelante hay un callejón en el que se puede dar vuelta ?dije, tratando de que no se notara el pánico en mi voz.

No cabía dudas: la velocidad del auto aumentaba, yendo velozmente cuesta arriba por aquella sinuosa carretera de montaña.

Al dejar atrás la última casa grité:
? ¡Detenga el auto! ¡Déjeme salir!
Sin detener la marcha el coche siguió montaña arriba por un callejón paralelo a la carretera, el cual iba a parar a una mina de hulla abandonada. En el silencio de la noche veía, aterrorizada, cómo iban quedando atrás los árboles y podía escuchar el zumbi¬do que producían al pasar. No sería nada difícil ase¬sinar a alguien y esconderlo en uno de los pozos abandonados de manera que jamás pudieran encon¬trarlo.

Eché mano al picaporte de la puerta. Al hacerlo, me vino de pronto a la mente algo que había escucha¬do semanas atrás en una de las reuniones nocturnas de los viernes. Un misionero que laboraba en las islas Filipinas había hablado acerca de los espíritus inmun¬dos. El había dicho que los creyentes teníamos auto¬ridad para reprenderlos en el nombre de Jesús.
Cerré los ojos y traté de recordar las palabras exactas que el misionero había usado. Entonces, muy lenta y claramente, dirigiéndome a la malévola inten¬ción que había dentro del hombre, dije:
“Te reprendo en el nombre de Jesucristo.”

? ¿Qué significa eso que has dicho? ?me pre¬guntó el hombre, mirándome de frente por primera vez.

?Significa -le contesté, con firmeza en la voz ? que Jesucristo tiene absoluta autoridad en este mun¬do, y que yo me encuentro bajo su protección.
Habíamos llegado a la mina. El coche se detuvo, el tiempo también se detuvo, pues sentí mis palpitaciones. El conductor del auto permaneció inmóvil, con las manos aún en el timón.

?Yo no lo sabía ?dijo por último.
De repente me di cuenta de que dábamos marcha atrás y luego descendíamos por el escarpado camino de la mina hacia la carretera principal. Se había superado la crisis… Me invadió una gran sensación de alivio.

“En  realidad no soy tan malo”, continuó diciendo el hombre mientras bajábamos de la montaña. “He asistido a la iglesia -dijo casi en tono de disculpa ?, pero en realidad nunca he entendido el significado de lo que allí se hace.”

No sé si pude hacerme entender, pero en cinco minutos ?el tiempo que demoramos en llegar a mi casa? le hablé con gran sinceridad acerca del amor con que Cristo nos ama a todos y de la gran necesidad que tenemos de El.

El coche se detuvo frente a mi casa, y entré en ella temblando. Mi madre estaba despierta esperándome.

“Dios me protegió”, fue todo lo que atiné a decir¬le. “Dios me protegió”, seguí repitiendo vez tras vez como un niño que despierta después de haber tenido una pesadilla.
Nunca más volví a ver ni el automóvil ni al hom¬bre. Tampoco pude saber si las palabras que Dios me dio para él eran las que necesitaba para aliviar el tormento de su alma. Sólo sé que ahora las palabras del salmista suenan especialmente alegres en mis oí¬dos:

“El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio…” (Salmo 62:6).

 

Receta para la acción

¿Existen situaciones en su vida que aún no ha podido usted decidir cómo confrontar? ¿Dificultades a las que de veras no sabe cómo hacerles frente? ¿Problemas que re¬querirían la intervención divina para ser resueltos? Hay una Sola Persona que puede obrar milagros, no obstante El siempre nos atiende: preséntele sus problemas en oración.

Dios contesta la oración

A lo largo de este libro presentaremos textos bíblicos que revelan ?sin lugar a dudas? que Dios nos responde cuando acudimos a El en oración. A continuación se relacionan sólo unas cuantas de las promesas bíblicas en las que puede usted confiar;

“E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:15).

“En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará.
Tarde y mañana y a mediodía oraré y clama¬ré, y él oirá mi voz” (Salmo 55:16,17).

“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré.
Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación” (Salmo 91:14-16).

“Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clama¬rás, y dirá él: Heme aquí” (Isaías 58:9).

“Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (Isaías 65:24).
Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.

“Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7:7,8).

“Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pulieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19).

“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:14).

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; por¬que es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

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