Nuestro Negocio Es Del Señor

¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición. Prov. 22: 29.

Todo verdadero seguidor de Cristo considerará que sus transacciones comerciales forman parte de su religión, tal como la oración. El estudio de las Escrituras también formará parte de su religión porque por ese medio recibe sus órdenes del cielo. A la luz de las Escrituras el hombre se considera siervo de Dios, empleado para hacer su voluntad. A veces descubre que las órdenes del cielo se oponen a lo que él habría elegido si hubiera tenido que decidir por su cuenta, pero no cree que su obra sea defectuosa por causa de ello. Y al tratar de cumplir la voluntad del Maestro, lo acompañan los ángeles de Dios para defenderlo de las redes de Satanás. La Palabra de Dios debe ser cada día nuestro Maestro. Es la única verdadera fuente de consuelo en todas nuestras tribulaciones, la única fuente de ánimo e instrucción en nuestro trabajo.

El cristiano debe ser un representante de los principios del cielo. Está comprometido por sagradas obligaciones a presentar la verdad con su virtud y su bondad. La gentileza, la amabilidad, la estricta veracidad debieran caracterizar sus palabras y actos. Consagrado a Dios, apartado para su servicio, siempre honrará su fe religiosa. Ni una sola hebra de egoísmo debe estar entrelazada con su carácter. Debemos educarnos para revelar el Espíritu de Dios en toda la obra de nuestra vida. El Espíritu Santo nunca desviará las pisadas de los hijos del Señor. Gracias al poder que imparte podemos extirpar de nuestras vidas todo lo dudoso. Si queremos salir de las tinieblas que rodean al alma que carece de fe, para ubicarnos donde descienda plenamente sobre nosotros la clara y resplandeciente luz de la Palabra de Dios, seremos guiados paso a paso por el sendero que conduce a la santidad…

Tenemos el privilegio, al estudiar fervientemente la Palabra, de ser conscientes de si estamos manifestando o no sus principios en nuestra vida diaria. Y así como el espejo revela nuestros defectos, mediante la oración ferviente y la fe debemos tratar de eliminarlos y alcanzar la norma que se nos ha propuesto. Al tratar de llegar a la perfección que Dios desea que logremos, se irá manifestando para nosotros insensiblemente la imagen de Dios mediante nuestras palabras, nuestros actos y nuestro espíritu. El ser humano recibirá el molde del Ser divino.

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