Seamos Soldados De La Guardia De Dios

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Rom. 12: 2.

Debemos estar libres de las costumbres y las servidumbres de la sociedad para que, cuando estén en juego los principios de nuestra fe, no vacilemos en mostrar nuestros colores, aunque se nos llame raros por hacerlo. Mantengan sensible la conciencia, para que puedan escuchar el más débil susurro de la voz de Aquel que habló como nadie lo hizo antes. Muestran los que quieran llevar el yugo de Cristo una firmeza de propósito que los induzca a hacer el bien por el bien mismo. Mantengan los ojos fijos en Jesús, preguntándose a cada paso: “¿Es éste el camino del Señor?” Dios no permitirá que nadie que haga esto se convierta en el objeto de las tentaciones de Satanás.

Cuando surjan las perplejidades, como seguramente va a ocurrir, acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Y entonces, cuando el enemigo venga como río, el Espíritu del Señor levantará bandera en favor de ustedes. Aférrense a la idea de que hay una gran obra que hacer y que ni la influencia, ni la oposición de nadie los podrá apartar de la clara senda del deber. Entonces podrán decir con Nehemías: “La mano de mi Dios está sobre mí” (véase Neh. 2: 18).

Cuando los hombres relacionados con la obra de Dios permiten que se los compre y se los venda, cuando violan la verdad para obtener el favor y la aprobación de otros hombres, Dios los anota en su libro y considera que han traicionado sus sagrados cometidos. Cada hombre debe mantener su independencia moral, resuelto a que su mente sea sólo modelada por el Espíritu Santo. Dios pide que los soldados de su guardia no estén dispuestos a repetir las palabras de hombres que si estuvieran convertidos ejercerían una buena influencia, pero que como no lo están no se puede depender de ellos. Cuando se produzca la emergencia, esos hombres con toda seguridad conducirán a la gente por sendas extraviadas…

No debemos recibir el molde del criterio del mundo, ni tampoco acomodarnos al tipo que éste prescribe. El pueblo de Dios escuchará conversaciones referentes a la aplicación de planes y métodos equivocados. Se pronunciarán palabras irreverentes. Algunos se burlarán de la religión. Escuchen la voz de Dios: “Hijo mío, si los pecadores te quisieran engañar, no consientas” (Prov. 1: 10)

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