LA VISIÓN DEL MUNDO: 1. ¿QUIÉN SOY?

Quizá piensas que no eres un filósofo y que no te interesan cuestiones acerca de una “visión del mundo”. Pero, de hecho, tu visión del mundo yace en la raíz de todos tus valores, prioridades y opciones. Al crecer en Cristo, es tu responsabilidad desarrollar tus propias respuestas a estas cuestiones. Hay algunos pensamientos para comenzar. Si lees otras secciones de este libro, pronto te darás cuenta de que en casi cada tema se regresa a uno o más de estos asuntos básicos para una visión del mundo.

1. ¿QUIÉN SOY?
Ante todo, un ser humano
. Esto significa:

y dijo: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo”.
Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó…
Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno (Gén. 1:26-27, 31).

Eres creado a imagen de Dios. Ya seas hombre o mujer, llevas el sello del Creador del universo; reflejas su personalidad, su capacidad para hacer elecciones morales, su dignidad y su responsabilidad. Eres portador de su autoridad sobre la tierra y el resto de sus habitantes. Fuiste creado “muy bien”, lo que significa que solo tienes valor para existir, lo mismo que cualquier ser humano con que te encuentres. Esta verdad tiene un enorme alcance para el valor de la vida humana (Gén. 9:6), tus lealtades últimas (Luc. 20:20-26) y aun para las palabras que pronuncias (Stg. 3:9, 10).
Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: “¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?”
Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra; lo entronizaste sobre la obra de tus manos, ¡todo lo sometiste a su dominio! (Sal. 8:3-6).

Eres “poco menos que un dios”. Eres una criatura, pero una criatura gloriosa.

Eres hombre o mujer. Tu sexo no es un accidente. Desde el mismo comienzo de la creación, Dios hizo a la humanidad hombre y mujer. Con tu masculinidad o feminidad, expresas la imagen de Dios. Tienes que descubrir por tí mismo lo que significa ser cabalmente hombre o mujer.

Estás caído. Naciste corrupto, con la imagen de Dios estropeada en ti, pero no borrada (Gén. 6:5).

Estás redimido. Si has aceptado el precio pagado por Cristo por tu rebelión y te has comprometido a servirle desde ahora, eres libre de la pena de muerte que merecías (Ef. 2:1-5).

Eres un hijo o una hija de Dios. No te has convertido en un esclavo en la casa de Dios. Has sido restaurado a la completa filiación con Dios. El Señor del universo te ha concedido el derecho de llamarlo “Abba” (Rom. 8:15),
La visión del mundo que quiere decir “Papá” o “Papito”. Eres coheredero con Cristo, junto a tus hermanos cristianos, de todo lo que el padre posee.
Ahora mismo, él está en el proceso de restaurarte a la imagen que el pecado ha estropeado (Rom. 8:29). Aún no has llegado a ella, pero él te ama como si fueras perfecto. No puedes hacer nada para que te ame más. Eres suyo.
Las implicaciones de esta verdad deben hacerte temblar. No tienes que servirle a Dios por miedo a su castigo, por ser un mal esclavo si fracasas; puedes obedecerlo como a un Padre amante. El pecado debe ser lo último que quisieras hacer, porque entristece a tu Padre, daña la gloriosa imagen de Dios en ti y probablemente hiere a algún otro portador de la imagen de tu Padre. Pero cuando pecas, puedes correr a los brazos de Papá y pedir su perdón (Luc. 15:11-32).

Formas parte de la familia de Dios. No eres un hijo de Dios aislado. Eres responsable de tus hermanos y hermanas en la familia de Dios. Por otra parte, tienes mucho que ganar al verte involucrado en la vida de ellos.

Fuente: Guía de bolsillo para la vida cristiana -K.C. Hinckley, compilador

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