LA ORACIÓN: ¿EN QUÉ SE DIFERENCIA LA MEDITACIÓN CRISTIANA DE LA MEDITACIÓN DE LAS RELIGIONES ORIENTALES?

La meditación practicada en las religiones orientales procura el vaciamiento de la mente y la apertura espiritual a cualquier voz o influencia que surja. La meditación cristiana busca en­focar tu mente y abrirla a la voz de Dios y a ninguna otra.

La meditación cristiana es la disciplina que afirma tu corazón en lo que ya tienes en Cristo. Cuando te hiciste cristiano, la totalidad de Cristo vino a habitar en ti, la totalidad del Espíritu Santo y la totalidad del Padre. Todo lo que necesitas para capacitarte, para pensar y actuar como Cristo en todas las situaciones, está en tu corazón, donde vive Cristo (2 Ped. 1:3, 4).

En el pensamiento bíblico, el corazón es el centro de la persona, el manantial de sus asunciones, motivaciones, emociones y voluntad. Puedes estudiar la Biblia y memo­rizar volúmenes de hechos acerca de Dios y tu vida en Cristo, pero si estas cosas no pasan de tu cabeza al co­razón, no influirán en tus hábitos o en la manera como te comportas en una crisis. Todo el poder está allí dentro de ti, todas las promesas están ahí en la Biblia, pero tienes que hacer algo para afirmarlas en tu corazón.

El Señor Jesús fue capaz de andar en medio de multi­tudes indignadas (Luc. 4:28-30), y los discípulos fueron capaces de resistir humildemente las amenazas de muerte (Hech. 4:1-31), porque sabían en lo más profundo de sí mismos quiénes eran y quién era Dios. Esta clase de co­nocimiento, enraizado en nuestro interior, conduce a la paz y es el fruto de la meditación en Dios y su Palabra.

En mi corazón atesoro tus dichos, para no pecar contra ti.
¡Cuánto amo yo tu ley! todo el día medito en ella. En toda la noche no pego los ojos, para meditar en tu promesa (Sal. 119:11, 97, 148).

Los cristianos usan la palabra meditación para des­cribir dos cosas ligeramente distintas. La primera es el pensamiento dirigido y concentrado con el cual reflexionas en un pasaje de las escrituras para sacarle toda su sustancia. La segunda es una forma de oración. Se asemeja a la meditación en las Escrituras en que su intención es tranquilizar suficientemente tu cerebro para permitir que la Palabra de Dios penetre en tu corazón:

Si se enojan, no pequen;

en la quietud del descanso nocturno examínense el corazón (Sal. 4:4).
Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios (Sal. 46:10).

Aquí la palabra quietos significa “dejar pasar”, “cesar”, “estarse tranquilo”. Cuando nos sentimos airados (ansiosos, disgustados o inseguros), Dios no pretende que suprimamos nuestras emociones. Eso puede hacernos ex­ternamente callados, pero no interiormente quietos. En vez de eso, él quiere que busquemos en nuestro corazón (“meditar” en la RV.), y lo expongamos a su mirada, per­mitiendo que lo que él tenga que decirnos nos trans­forme. Lo que recomendamos a continuación, que sigue el esquema de los Salmos, es una manera de hacerlo; puedes llamarlo “meditación” o “estar quieto ante Dios”.

Confiesa y libérate de temores, tensiones y distrac­ciones. No es fácil librarte de las distracciones. Mientras más intensamente intentas no pensar en tu próxima fecha de vencimiento o en tu dolor de cuello, lo más probable es que esas distracciones se arremolinen y te arrastren co­rriente abajo. Esta es la razón por la que muchos salmistas comenzaban confesándole al Señor los pensamientos que los distraían y las preocupaciones (Sal. 10:1-11; 22:1-2, 6-8, 12-18; 42:1-5; 63:1; 73:2-14; 74:1-8; 102:3-11; etc.).

Confesar y escapar de tus distracciones puede to­marte cinco minutos o media hora. Puedes sostener varias sesiones de oración antes de llegar al punto en el que las distracciones se aquietan lo suficientemente como para seguir molestándote. Si te resulta difícil concentrarte durante la oración, practica durante todo el día disciplinar tu mente para que se concentre en Dios.

Concéntrate en lo que Dios es. Después de confesar honestamente sus sentimientos, los salmistas continuaban confesando lo que de Dios sabían con certeza. Esto toma­ba la forma de una alabanza a la medida de los sen­timientos que los atormentaban (Sal. 22:23; 42:5-11). Al afirmar la verdad que se aplica y aquietar tus sentimien­tos, húndete en la presencia del Dios al cual alabas. Deja que la alabanza te conduzca a la adoración.

Abre tu corazón, dirígete espiritualmente al sitio don­de el Espíritu de Dios mora en ti, y bebe allí, de él.

Jesús se puso de pie y exclamó: -¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! De aquel que cree en mí, como dice la escritura, brotarán ríos de agua viva. Con esto se refería al Espíritu… (Juan 7:37-39).

Observa la secuencia en el Salmo 63. Confesión de los sen­timientos, entrada en la presencia de Dios con alabanza que afirma las verdades acerca de él y celebración en su presencia:

Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti, todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta.

Te he visto en el santuario y he contemplado
tu poder y tu gloria.
Te amor es mejor que la vida;
por eso mis labios te alabarán.
Te bendeciré mientras viva,
y alzando mis manos te invocaré.
Mi alma queda satisfecha
como de un suculento banquete,
y con labios jubilosos te alabará mi boca.
En mi lecho me acuerdo de tu;
Pienso en ti toda la noche (Sal. 63:1-6).

Ríndete. Después de la confesión y la alabanza, los salamistas podían ver su situación en perspectiva. Ellos y sus ene­migos se veían muy pequeños comparados con la grandeza de Dios, así que confiadamente se rendían a su voluntad.

¿A quién tengo en el cielo sino a ti?

Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra. Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna (Sal. 73:25, 26).

SEÑOR, mi corazón no es orgulloso,
ni son altivos mis ojos;
no busco grandezas desmedidas,
ni proezas que excedan a mis fuerzas. Todo lo contrario:
he calmado y aquietado mis ansias. Soy como un niño recién amamantado
en el regazo de su madre.

¡Mi alma es como un niño recién amamantado! Israel, pon tu esperanza en el SEÑOR
desde ahora y para siempre (Sal. 131).

Escucha.

Espero al SEÑOR, lo espero con toda el alma;

en su palabra he puesto mi esperanza. Espero al SEÑOR con toda el alma, más que los centinelas la mañana. Como esperan los centinelas la mañana,

así tú, Israel, espera al SEÑOR porque en él hay amor inagotable; en él hay plena redención (Sal. 130:5-7).

En 1 Reyes 19:11-13, el Señor no habla en el viento huracanado ni en el terremoto, sino en el “silbo apacible”. Confesar las distracciones, meditar en las verdades acerca de Dios y rendirnos a su voluntad, debe conseguirnos la quietud necesaria para escuchar ese silbo apacible. Dedica algunos minutos para esperarlo en silencio. Él puede ha­blarnos en las Escrituras o en palabras o sentimientos dis­tintos o puede mantenerse en silencio. Solo disfruta aten­tamente de su presencia.

Si después de un breve período no escuchas nada, sigue adelante. Si escuchas algo, anótalo y pruébalo con el método de las páginas 129-132, antes de actuar según lo escuchado. Tu psiquis es tan poderosa y tu corazón tan en­gañoso que pueden fabricar “palabras del Señor” si las de­seas con suficiente fuerza. Mientras más tiempo estés a la escucha silenciosa, más oportunidades tendrán tu corazón para engañarte. No trates de escuchar algo si el Señor no está hablando; eso es adivinación, una forma de hechicería.

Si nunca has escuchado nada durante estos momen­tos, todavía podrás utilizar la reserva de paz que Dios te concede cuando viene a habitar en ti. Es incalculable el valor que tiene permanecer tranquilo ante el Señor y me­ditar en sus verdades para conseguir la paz, una de las evidencias del fruto del Espíritu Santo (Gál. 5:22).

Fuente: Guía de bolsillo para la vida cristiana -K.C. Hinckley, compilador

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*