LA ORACIÓN: 7. ¿CÓMO DEBO CONFESAR?

El Salmo 51 ofrece un excelente modelo de confesión. En algunas ocasiones querrás confesar pecados específicos que hayas cometido, mientras que en otras, solo necesitarás reconocer ante Dios tu fragilidad general.

Una característica importante de la confesión es decirle a Dios con frecuencia cómo te sientes. Los Salmos están llenos de lo que pudiéramos llamar “confesiones negativas”, en las cuales el salmista le decía a Dios cómo se sentía, cuán frustrado se sentía en Dios, y así sucesivamente.

Me siento débil, completamente desecho;
mi corazón gime angustiado (Sal. 38:8).

Los salmistas no hacían esto para revolcarse en la autocompasión, sino para comenzar su oración con total honestidad. En el Salmo 38 y en otros, David entremezcló esta clase de franqueza con decisiones para confiar a pesar de sus sentimientos y con peticiones al Dios en quien confiaba.

Ante ti, Señor, están todos mis deseos; no te son un secreto mis anhelos.
     Late mi corazón con violencia, las fuerzas me abandonan, hasta la luz de mis ojos se apaga.
Mis amigos y vecinos se apartan de mis llagas; mis parientes se mantienen a distancia.
     Pero yo me hago el sordo, y no los escucho; me hago el mudo, y no les respondo.
Yo, Señor, espero en ti; tú, Señor y Dios mío, serás quien responda.
     Voy a confesar mi iniquidad, pues mi pecado me angustia.


Señor, no me abandones;
     Dios mío, no te alejes de mí.
Señor de mi salvación,
     ¡ven pronto en mi ayuda!
                    (Sal. 38:9-11, 13, 15, 18, 21, 22).

Confesar los sentimientos y actitudes pecaminosas ayudó a David a escapar de ellos y a decidir depender de Dios. Hay dos advertencias con respecto a la confesión:

No fabriques la culpa.

A menudo, para estar seguro, habrá algo definido por qué pedir perdón. Esto es coser y cantar. Pero, al igual que tú, encuentro a menudo una o dos situaciones menos manejables: ya sea un vago sentimiento de culpa o una sigilosa, e igualmente vaga, autoaprobación. ¿Qué debemos hacer con éstas?

En general, he llegado a la conclusión de que no podemos hacer nada con ninguno de estos sentimientos. Por cierto, tampoco podemos creer en ellos, pues ¿creeremos en la niebla? Me vuelvo a San Juan cuando dice: “que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo” (1 Jn. 3:20).

Si estoy en lo cierto, la conclusión es que cuando nuestra conciencia no va al grano, sino que nos acusa o aprueba solo vagamente, debemos decirle, como Herbert: “calla, entrometida”, y seguir adelante.

No permitas que la confesión sustituya al arrepentimiento.
El remordimiento (sentimientos y palabras) no es arrepentimiento (acciones).

Fuente: Guía de bolsillo para la vida cristiana -K.C. Hinckley, compilador

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