LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS 2. PREPARAR A MIS HIJOS

PREPARAR A MIS HIJOS¿CÓMO PUEDO PREPARAR A MIS HIJOS PARA QUE CUMPLAN LAS METAS BÍBLICAS?

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Dales mucho afecto. La manera más segura de preparar a mis hijos duros de corazón, que no confían en Dios y que no pueden abrirse a los demás, es negándoles el afecto cuando son pequeños. Los niños necesitan mantener mucho contacto físico con sus padres; ser abrazados, reír, jugar y hablar con ellos. Esto es mucho más importante para los padres que, generalmente, tienen menos oportunidades de con­tacto diario con los hijos. Muchos consejeros piensan que los niños consiguen una identidad más segura como hom­bres o mujeres, si han tenido un afecto transparente de parte de sus padres.

Los niños necesitan el contacto visual cuando les hablas, un tiempo a solas contigo (sin que los demás niños estén pre­sentes), y ser escuchados atentamente. Necesitan aprender a confiar en ti, a estar seguros de que son amados y aprecia­dos. De otra manera, tu disciplina puede parecer cruel y tu enseñanza rebotará en un corazón herido y endurecido.

Con tu ejemplo. El afecto es un ejemplo que necesitas establecer. Además, tus hijos necesitan ver que tú:

  • dices “Por favor” y “Gracias”;
  • oras;
  • lees y hablas de la Biblia;
  • tasa tu esposa con consideración;
  • te enfadas con tus compañeros de trabajo;
  • maneja las crisis familiares con gracia y confianza;
  • te regocijas en tu vida cristiana, aun en las dificultades;
  • te ganas la vida.

Tus hijos desearán ser como tú y lo serán en muchas ma­neras. Actúa como un buen ejemplo para ellos.

Utilízala enseñanza verbal. Los niños no pueden aprender a orar si solamente te ven arrodillarte en silen­cio, tienes que explicarles lo que estás haciendo. De la misma manera, desearás enseñarles dónde dice la Biblia que no deben pelear o quejarse (lo cual establece un ejem­plo: sacamos nuestras normas de la Biblia), explicando por qué es importante, y recuérdales constantemente que toda la familia espera que lo hagan. Los israelitas tenían el mandamiento de “imprimir” las palabras de Dios en el corazón de sus hijos repitiéndolas constantemente (Deut. 6:7-9) y de explicarles los actos salvadores de Dios que yacen bajo las reglas (6:20, 21).

La enseñanza debe producirse por medio de todos los acontecimientos de la vida diaria. Anima a tus hijos a pre­guntar por qué y a decirte cómo se sienten acerca de lo que les ocurre. Debes estar dispuesto a hablar. Separa al­gún tiempo de sobremesa para discutir las actitudes y va­lores en cierto asunto. La hora de acostarse puede ser una buena oportunidad para escucharlos y tratar con las sen­saciones acerca de los acontecimientos ocurridos durante el día. Piensa en dedicar algún tiempo durante la semana para hablar y jugar a solas con cada uno de tus hijos. Al­gunas buenas preguntas para hacer son: “¿Algo de lo ocu­rrido hoy (o esta semana) te entristeció (te alegró, te airó, etc.)?”1 Una vez que hayas escuchado completamente la historia de tu hijo, explícale cariñosamente cómo los cris­tianos responden al rechazo o a la ira. Muéstrale cuánto te interesas por sus cosas con abrazos, miradas y por el tono de tu voz. Debes darte cuenta de que escuchar a los niños es de la mayor importancia en la enseñanza espontánea.

La enseñanza sistemática y repetida de las tareas y conductas complejas es tan necesaria como la enseñanza informal. No está bien esperar que un niño pueda lavar un automóvil o pintar una pared sin una completa explicación bien ejemplificada. Los niños no saben que demasiada azúcar hace daño a menos que se le diga por que en un lenguaje sencillo.

Una disciplina consecuente. El castigo enseña al niño las consecuencias de la desobediencia. Los niños necesitan sen­tir desaprobación después de una mala acción para darse cuenta de lo que está mal. Más tarde, ello los ayudará a comprender por qué Dios juzga el pecado. También nece­sitan saber que los padres son suficientemente fuertes para merecer su respeto y confianza y de esa manera su mundo estará seguro. Generalmente, los niños prefieren resolver la culpa por medio de un castigo rápido y justo.

La necedad es parte del corazón juvenil;

pero la vara de la disciplina corrige (Prov. 22:15).

No solo con palabras se corrige al siervo; aunque entienda, no obedecerá (Prov. 29:19).

La razón sola no funciona porque los niños, al igual que los adultos, son por naturaleza pecadores rebeldes y cen­trados en sí mismos.

A veces, Dios expresa su amor a nosotros por medio de la disciplina dolorosa que nos hace buscar la paz de una vida justa (Heb. 12:5-11; compara Prov. 13:24). Evitar a los niños el dolor de la disciplina los condena a una vida de con­flicto, confusión y sufrimiento. Tu hijo no te odiará o será da­ñado permanentemente si sigues las siguientes directrices:

  • muéstrale mucho cariño cuando no está castigado;
  • cuida tus iras y tus frustraciones para, no sufrir la ten­tación de volcarlas sobre un hijo desobediente;
  • sé consecuente;
  • establece claramente las reglas;
  • castiga inmediatamente al descubrir el hecho malo;
  • castiga en privado (la dignidad de un niño también es muy frágil);
  • nunca lo humilles llamándolo con nombres ofensivos, ni lo ridiculices ni utilices un castigo que él considere humillante.

Ser consecuente significa que siempre aplicas el mis­mo castigo para la misma culpa; cómo te sientes no debe hacerte ni más severo ni más permisivo. La incoherencia no les enseña a los niños a evitar la mala conducta, sino a evitar tus malos momentos. La coherencia implica tam­bién la unidad de los padres.

No lo castigues sin explicarle por qué lo que ha hecho está mal. Y si con lo que le has dicho le has dado la posi­bilidad de escoger (“¿no te gustaría que…?”).

Los niños pequeños solo pueden recordar unas pocas reglas; selecciona las que sean verdaderamente impor­tantes para la seguridad del niño, para un entorno fami­liar tolerable y para obligarlos consecuentemente. Enton­ces, enseña al niño a obedecer cuando se le dé alguna ins­trucción concreta. Hacer la casa a prueba de niños que co­mienzan a dar sus primeros pasos, es más fácil que rega­ñarlo continuamente cada vez que toca alguna cosa.

El castigo debe ajustarse a lo hecho. Fechorías como: desobedecer a los padres voluntariosamente o dañar cosas a propósito merecen la pena máxima. Algunos expertos abo­gan por un buen par de azotes bien controlados, mientras que otros se oponen a azotar a los niños. En otros casos, las consecuencias deben relacionarse racionalmente con la mal­dad (así es como son las cosas en el mundo real). Por ejem­plo: si después de decir y ejemplificar repetidamente el niño no dice “por favor”, explícale por qué no conseguirá lo que pide a menos que lo diga; o puedes privarlo por un tiempo de alguna cosa que haya utilizado mal.

Las consecuencias lógicas son especialmente impor­tantes para los hijos mayores. Mientras que los pequeños responden mejor a las señales físicas controladas. A Veces en vez de o además de ser castigado, el niño necesita des­cansar o hablar sobre algo que lo está molestando.

Involucra a tus hijos en tus objetivos. Los niños apren­den a ser responsables a medida que los hacemos partici­par gradualmente en las decisiones que los afectan. Mucho antes de la adolescencia, comienza a involucrarlos en el es­tablecimiento del castigo que conlleva cada regla. Dales algún dinero (y si es posible la manera de ganárselo), ábre­les una cuenta de ahorros y enséñales a ahorrar para con­seguir las cosas que desean. Por supuesto, aunque estén involucrados en las decisiones, mientras vivan bajo tu techo, serás siempre la autoridad final.

La unidad de los padres. Para evitar confundir a los niños con señales contradictorias, los padres deben estar de acuerdo en lo que desean enseñar. Necesitan establecer ejemplos consecuentes y acordar qué castigo corresponde a cada infracción. El padre debe apoyar las decisiones y acciones de la madre y viceversa. Cuando ven que no hay unidad, los niños aprenden a oponer a los padres entre sí.

El apoyo de otros cristianos. Procura el apoyo emo­cional y la oración de otros creyentes. Hablen de lo que funciona y de lo que no; refrésquense con el estudio de la Biblia la oración y la enseñanza en grupo. Den ejemplo a sus hijos de cómo hablar, compartir y adorar juntos.

La visión a largo plazo.

Instruye al niño en el camino,

y aun en su vejez no lo abandonará (Prov. 22:6).

A lo largo del camino tropezarás con la rebelión, pero Dios te promete la victoria final si eres paciente.

Recuerda que estás entrenando a tu hijo en el camino que debe seguir; quieres que él refleje el carácter de Dios

en su propia personalidad y vocación. No asumas que Dios quiere que él se dedique al “ministerio” como profesión o a estudiar la carrera que consideras más respetable. No le exijas una actividad intelectual si tiene talento para el tra­bajo manual, ni dureza si es sensible.

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