¿Puedo traer un niño al mundo, si la probabilidad de que se no acepte a cristo es de un 50%?

Ante el aumento de la contaminación y los riesgos crecientes de guerra en un mundo excesivamente armado, muchas parejas ya no quieren traer hijos a este mundo. En la mayoría de los países industrializados, la tasa de crecimiento de la populación es tan baja que la cifra de nacimientos es apenas superior a las defunciones; en la República Federal de Alemania (sin contar los estados federados que se añadieron con la reunificación) la tasa es incluso negativa, de modo que hasta finales de siglo, la población se reducirá de 61 a 59 millones. Lutero, sin embargo, expresa otra manera de ver las cosas con la respuesta que dio a la conocida pregunta que qué haría él si mañana viniera el fin del mundo: «Yo plantaría un manzano».

Pero la pregunta planteada refleja un gran sentimiento de responsabilidad, pues no sólo tiene en cuenta la eternidad, sino que le da prioridad por encima de todas las demás consideraciones.

Para contestar la pregunta hay que aclarar primero dos cuestiones diferentes: ¿Qué nos dice la Biblia acerca del número de hijos? y ¿cómo responde a la pregunta sobre la salvación de nuestros hijos? Según el orden creacional de Dios, fuimos creados como hombre y mujer; el primer cometido que Dios dio al hombre fue «Fructificad y multiplicaos» (Gn 1:28) y nunca ha sido anulado. La capacidad de concebir y de dar a luz hijos es un don que Dios otorga al hombre, y los hijos mismos también lo son: «He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre» (Sal 127:3). La Biblia considera como una bendición especial tener un gran número de hijos: «Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba en ellos (de hijos)» (Sal 127:5); «Tu mujer será como la vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa. He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová» (Sal 128:3-4). Dios no sólo nos da los hijos, sino que se preocupa de que se les eduque para que confíen en Él:

«Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 11:18-19).

Si seguimos este consejo de Dios cosecharemos los frutos: «Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él» (Pr 22:6). Podemos, por consiguiente, tener hijos sin temor, porque si les damos esta educación, llegarán a la fe y serán salvos. Está en vigor esta gran promesa de Dios:

«Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan.» (Pr 8:17). Dios ama de manera especial a los jóvenes que se vuelven a Él: «Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada» (Jer 2:2).

Como creyentes, podemos tener hijos sin temor, ¡porque la posibilidad de que se pierdan no es 50:50! La promesa de Dios está sobre ellos, si les instruimos bíblicamente. La experiencia de muchas parejas creyentes prueba que los hijos encontraron el camino de la fe si desde pequeños se les instruyó bíblicamente.

Todamo de: Werner Gitt – Preguntas Que siempre suelen hacerse

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