¿podemos todavía hablar de libre albedrío?

En la Biblia tenemos la cuestión de la elección del hombre por Dios. Si desde la misma eternidad unos están destinados a la salvación y otros a la perdición, ¿podemos todavía hablar de libre albedrío?

Sobre todo Agustín y Calvino son los más conocidos representantes de la doctrina de la predestinación. Se trata de una doctrina que parte de la predeterminación divina, según la cual las personas o bien están destinadas a creer o a ser incrédulos, a salvación, o a la perdición. Por esta doble posibilidad se habla de la ?doble predestinación?. Hay que examinar este pensamiento a la luz de la Biblia.

Ya resaltamos en preguntas anteriores la libertad del hombre con respecto a su decisión. Esto podría dar la impresión de que el único que actúa es el hombre mientras que Dios en este asunto permanece pasivo. Pero esto no está en conformidad con el testimonio bíblico. En Romanos 9:16, 18 leemos: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia?


de manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece». Aquí el énfasis está claramente en la acción de Dios. Dios también es libre. El hombre está en la mano libre de Dios que le puede moldear como el alfarero al barro: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» (Ro 9:20-21). No tenemos, por consiguiente, ningún derecho a la salvación. La libre decisión del hombre va siempre unida con la libre elección por Dios. La idea de la elección está sólidamente afianzada en los siguientes textos bíblicos:

Mateo 22:14: «Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.»

Juan 6:64-65: «Pero hay algunos de vosotros que no creen.

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.»

Efesios 1:4-5: «Según nos escogió en él (= Jesús) antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.»

Romanos 8:29-30: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.»

Hechos 13:48: «Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.»

Para comprender bien la doctrina bíblica de la elección, los siguientes aspectos son de importancia fundamental:

1. El momento: La elección ocurre en una época muy remota, muy anterior a nuestra existencia: antes de la fundación del mundo (Ef 1:4), antes de nuestro nacimiento (Jer 1:5), y desde el principio (2 Ts 2:13).

2. El servicio: La elección implica siempre el servicio para Dios. Así, por ejemplo, Dios escogió a Salomón para construir el templo (1 Cr 28:10), a la tribu de Leví para el sacerdocio (Dt 18:5); Jesús escoge a los discípulos para el apostolado (Lc 6:13; Hch 1:2); Pablo es elegido como «instrumento escogido»

para llevar el evangelio a los gentiles (Hch 9:15); y todos los creyentes son escogidos para llevar fruto (Jn 15:16).

3. La elección es sin preferencias: Dios no escoge por los méritos o criterios humanos. Al contrario, Dios mira lo que es pequeño e insignificante: Israel era el más pequeño entre los pueblos (Dt 7:7), Moisés no tenía facilidad de palabra (Ex 4:10), Jeremías se consideraba demasiado joven (Jer 1:6) y la Iglesia de Jesucristo está compuesta esencialmente por los insignificantes de este mundo (1 Co 1:27-28).

4. Para salvación, nunca para perdición: ¿Cuál es la voluntad de Dios, nuestra salvación o nuestra perdición? Dios nos dice claramente su intención: «Como el pastor que se preocupa por sus ovejas cuando están dispersas, así me preocuparé yo de mis ovejas; las rescataré de los lugares por donde se dispersaron»

(Ez 34:12 Dios habla hoy). Jesús resume el motivo de su venida a este mundo en una frase: «Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido» (Mt 18:11). En Jesucristo, Dios vino a buscar a los hombres para ganarles para la vida eterna. La voluntad de Dios es la salvación de toda la humanidad: «El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Ti 2:4). Esta voluntad

de Dios también está revelada en 1 Tesalonicenses 5:9: «Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo». Va quedando claro, que en la Biblia se halla una estrecha e inseparable relación entre la elección y la salvación, pero nunca hay tal vínculo entre la elección y la condenación. Así que Dios no escoge a nadie para la perdición. Si Dios endureció el corazón de Faraón, no fue porque lo hubiera determinado antes de su nacimiento, sino solamente por su terca actitud pagana. Una y otra vez la Biblia testifica que hay un «demasiado tarde», pero en ninguna parte enseña una predestinación para el infierno. Al hacer decapitar a Juan el Bautista, Herodes había rebasado cierto límite, de modo que no podía ya ?oír la voz de Dios’, por lo cual Jesús dejó de contestarle (Lc 23:9).

Retengamos esto: Ambos principios son válidos (afirmaciones complementarias): Dios elige a hombres para salvación. Sin embargo, el hombre es responsable de aceptar para sí la salvación.

Cuando el hijo pródigo llevó a cabo su decisión ?Me levantaré e iré a mi padre? (Lc 15:18), su padre salió a su encuentro para acogerle (Lc 15:20). Si aceptamos la salvación por una decisión libremente ejercida, entonces se cumple en nosotros la promesa de Dios: «Con amor eterno te he amado» (Jer 31:3) y te escogí «antes de la fundación del mundo» (Ef 1:4). Mucho antes de que nosotros nos decidiéramos por Dios, Él se decidió por nosotros. Dios espera y respeta nuestra decisión, pero sin su misericordia no podríamos ser aceptados (Ro 9:16).

Sólo Dios sabe en cuántas personas obraron juntamente la elección divina (Fil 2:13) y la voluntad libre del hombre (Fil 2:12).

Todamo de: Werner Gitt – Preguntas Que siempre suelen hacerse

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