¿Cuál es la relación entre Dios y Jesús? ¿A quién debemos orar?

¿Cuál es la relación entre Dios y Jesús? ¿Son una sola persona? ¿Tiene el uno un rango más elevado que el otro? ¿A quién debemos orar?

Con nuestra mente limitada no podemos comprender a Dios. Él está fuera del espacio, fuera del tiempo y es insondable. Por eso ya el primer mandamiento nos prohibe hacernos cualquier imagen visible de Dios. Sin embargo, Dios ?no se dejó a sí mismo sin testimonio? (Hch 14:17); Él se ha revelado a nosotros. Él es, a la vez, Uno y Trino.

 1. Dios es Uno; no existe otro Dios aparte del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Ex 3:6). «Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios» (Is 44:6); «Antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová y fuera de mí no hay quien salve» (Is 43:10-11). De ahí el segundo mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éx 20:3). Las representaciones de Dios que todas las religiones se han hecho son vanas: «Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos» (Sal 96:5). «Viento y vanidad son sus imágenes fundidas» (Is 41:29).

2. Dios es Trino; Al mismo tiempo Dios se nos manifiesta como Uno en tres personas. No se trata de tres dioses diferentes, sino de una armonía perfecta entre voluntad, obra y naturaleza de Dios, como lo afirma la Biblia en muchos lugares (p. ej. 1 Co 12:4-6; Ef 1:17; He 9:14). De este Dios trino se habla de tres maneras, distinguiendo tres personas: ? Dios el Padre ? Jesucristo el Hijo de Dios ? y el Espíritu Santo. Esto queda muy claro en el mandamiento de bautizar a los discípulos según Mt 28:19. La palabra «Trinidad» (del lat. trinitas = tres) que no aparece en ninguna parte de la Biblia, es el esfuerzo humano de captar este misterio divino con una palabra.

En Jesús, Dios se hizo hombre. «Y aquel Verbo se hizo carne» (Jn 1:14). Dios se hizo visible, audible y palpable (1 Jn 1:1) y accesible por medio de la fe (Jn 6:69). Dios nos envió a su Hijo y lo puso ?como propiciación por medio de la fe? (Ro 3:25). Jesús, por lo tanto, cumple una función muy especial a favor nuestro. Solamente poseemos la fe que salva, si creemos en Jesús. Él murió en la cruz por nosotros, expió nuestro pecado y nos compró por un alto precio (1 P 1:18), por eso debemos invocarlo a Él para ser salvos (Ro 10:13). Por medio de Jesús tenemos libre acceso al Padre (Jn 14:6), y como hijos podemos decir «Abba, Padre» (Ro 8:15). Jesús es el Hijo de Dios, tiene la misma naturaleza que el Padre: «Yo y el Padre uno somos» (Jn 10:30), por eso pudo decir: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14:9). En presencia del Resucitado, Tomás reconoce: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20:28). La divinidad de Jesús y su naturaleza idéntica a la del Padre se expresan también en los siguientes títulos y obras iguales: ambos son Creador (Is 40:28 ? Jn 1:3), Luz (Is 60:19-20 ? Jn 8:12), Pastor (Sal 23:1 ? Jn 10:11), el Primero y Último (Is 41:4 ? Ap 1:17), Perdonador de pecados (Jer 31:34 ? Mr 2:5), Creador de los ángeles (Sal 148:5 ? Col 1:16), adorados por ángeles (Sal 148:2 ? He 1:6). También Filipenses 2:6 enfatiza la igualdad de Jesús con el Padre. Haciéndose hombre, Jesús tomó forma de siervo; aquí vivió en completa dependencia del Padre y le obedeció en todas las cosas. En este contexto de la humanidad de Jesús vemos claramente que Él se subordinó al Padre: De igual manera que el marido es la cabeza de la mujer, Dios es la cabeza de Cristo (1 Co 11:3). Pero ahora el Señor Jesús está a la diestra de Dios y es «la imagen misma de su sustancia» (He 1:3). El Padre ha dado al Hijo toda potestad en el cielo y en la tierra (Mt 28:18), también le ha dado todo el juicio (Jn 5:22), «porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies» (1 Co 15:27). Finalmente se nos dice que «luego que todas las cosas le estén sujetas [=a Jesús], entonces también el Hijo mismo le sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos» (1 Co 15:28).

El Espíritu Santo también se nos presenta como persona divina, pero con una misión diferente de la del Hijo de Dios. Él es nuestro Consolador (Jn 14:26) y nuestro abogado; él nos revela la verdad de la Biblia (Jn 14:17); intercede por nosotros delante de Dios (Ro 8:26); sin él, no seríamos capaces de reconocer a Jesús como nuestro Salvador y Señor (1 Co 12:3b).

La oración: Jesús enseñó a sus discípulos ?y por consiguiente a nosotros también? a orar al Padre (Mt 6:9-13). Cuando el apóstol Juan, sobrecogido de temor, ante el poder del ángel se postró en tierra para adorarle, éste se lo impidió rotundamente, diciéndole: «Mira, no lo hagas porque soy consiervo tuyo?Adora a Dios» (Ap 22:9). De la misma manera es posible dirigirse en oración a Jesús y no sólo es posible, sino que desde su

venida a este mundo es además un mandamiento. Jesús mismo declaró a sus discípulos: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre» (Jn 16:24); y «si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14:14). Todo nuestro hablar y obrar ? lo que incluye también nuestras oraciones ? está resumido en Colosenses 3:17: «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él». Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Ti 2:5), y por eso podemos dirigirnos a Él en oración. Esteban, el primer mártir, nos es descrito como «lleno del Espíritu Santo» (Hch 7:55). Su oración a Jesús quedó conservada: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7:59). Aún mientras Jesús vivió en la tierra, Jesús fue adorado como Dios y Él lo aceptó: el leproso (Mt 8:2), el ciego de nacimiento (Jn 9:38), y los discípulos (Mt 14:33) se postraron ante Él. Según la Biblia, esta actitud expresa la forma más elevada de adoración y veneración. En la Biblia, sin embargo, no hay referencia alguna que indicara que se ore al Espíritu Santo.

Todamo de: Werner Gitt – Preguntas Que siempre suelen hacerse


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