EL TRABAJO Y DESCANSO 3. ¿CÓMO HA AFECTADO EL PECADO AL TRABAJO?

EL PECADO AL TRABAJO¿CÓMO HA AFECTADO EL PECADO AL TRABAJO?

El pecado no destruyó la dignidad ni el valor del tra­bajo. Cuando el hombre pecó, Dios maldijo la tierra que ten­dría que cultivar, pero no hizo un castigo de la tarea de cul­tivarla (Gén. 3:14-19). De hecho, fue un don de su gracia expulsar al hombre del jardín con la posibilidad de hacer algún trabajo constructivo, evitando así el destino peor de vivir eternamente en un mundo de creciente pecaminosidad.

El pecado hizo que el trabajo fuera más penoso. Dios maldijo la tierra. El sudor, la fatiga y la carga del trabajo son consecuencias de la caída.

El pecado cambió en “vanidad” la vida y el trabajo. En Eclesiastés 2:18-6:9 se detalla cómo nuestros ma­yores logros en el trabajo son efímeros y, en última instancia, vanidad. El mayor invento del año anterior queda anticuado en el actual, los alimentos tienen que ser replantados, procesados y transportados continuamente; nunca se termina de lavar la ropa y los platos. Hasta la evangelización y el discipulado son una tarea que nunca termina, que los pastores y los misioneros constante­mente están iniciando de nuevo.

La vanidad del trabajo es una de las principales causas de frustración y desaliento: sin embargo, en lugar de deses­perarnos, debemos disfrutar los pequeños pero verdaderos logros de la colaboración con Dios. Debemos depositar nues­tra esperanza en el día en que Dios liberará a su creación de la vanidad (Ecl. 5:12-18; 9:7-10; Rom. 8:1-39).

El pecado afecta a nuestros colaboradores y a todo el sistema. Las personas mienten, defraudan a los clientes, roban a sus empleadores y se destruyen mutuamente en una ambiciosa lucha por el poder. Hasta el cristiano que desea trabajar con integridad es obligado a comprarles a suministradores cuya ética es dudosa, apoyando así, indi­rectamente, a los malhechores: y se encuentra tentado por su naturaleza pecaminosa a la pereza y la ambición egoísta.

A causa del pecado, ninguna de nuestras obras sa­tisface completamente las intenciones de Dios. Sin embargo, es esencial preguntarnos si lo que estamos ha­ciendo es nuestra mejor contribución a la obra de Dios.

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