El Dinero 5. OBTENER DINERO PARA OFRENDAR

DINERO PARA OFRENDAR

¿CÓMO PUEDO OBTENER SUFICIENTE DINERO PARA OFRENDAR GENEROSAMENTE?

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La clave no es la magnitud de tus ingre­sos, sino tus actitudes:

El reino de Dios está en primer lugar.

Cuando Jesús Jamó a sus discípulos, muchos de ellos tuvieron que dejar su profesión para seguirlo (Mat. 4:18, 19; Mar. 2:14). Como recompensa a su compromiso, no les prometió algo material, ni siquiera un sitio donde dormir (Mat. 8:20). El amor por Jesús ha de estar antes del amor por la familia y por la propia vida (Mat. 10:37-39; Luc. 14:26-33). Como recompensa, los discípulos de Jesús recibirían teso­ros en el cielo, vida verdadera y la provisión para las ne­cesidades de esta vida (Mat. 6:25-34).

Y todo el que por mi causa haya dejado casas, her­manos, hermanas, padre, madre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna (Mat. 19:29).

Las cosas materiales de las que habló Jesús en Mateo 6, no son malas, pues son provisión de Dios. Pero si les das una prioridad excesiva como objetivos de la vida, se con­vierten en ídolos. Por lo tanto, deben mantenerse en la perspectiva correcta.

La fe debe reemplazar al afán.

Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se ves­tirán… ¿Quién de ustedes, por mucho que se preo­cupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? ¿Y por qué se preocupan por la ropa?… Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestire­mos?”… Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el maña­na, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas (Mat. 6:25-34).

La esencia del mensaje de Jesús sobre las cosas materiales es simplemente: “no te afanes” porque Dios provee adecua­damente. Bajo esta exhortación yacen asuntos más impor­tantes: la lealtad de nuestro corazón, la actitud de nuestra mente, nuestra razón para existir, y la fuente de nuestra confianza. Si buscamos primero el reino de Dios, si estamos ofrendando generosamente, si estamos dependiendo de Dios en oración y con acción de gracias, si estamos evitan­do la codicia y el materialismo, entonces podemos confiar en que Dios suplirá nuestras necesidades.

Las palabras de Jesús acerca de la fe y la dependencia de Dios, no contradicen otras recomendaciones bíblicas sobre la diligencia, la frugalidad, el trabajo dedicado, la buena mayor­domía y la planificación cuidadosa. Confiamos activamente en Dios para que él nos capacite para cumplir con las respon­sabilidades enumeradas antes en la pregunta 3 (página 191), ¿Con qué propósito Dios me ha confiado mis posesiones?

Debemos dominar sobre las cosas materiales y no ser sus esclavos.

Nadie puede servir a dos señores, pues menospre­ciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas (Mat. 6:24).

El materialismo consiste en hacer del dinero y las pose­siones materiales las metas de la vida, nuestro dios. Aun si decimos y pensamos que Cristo es nuestro Señor, aun si asistimos al templo y leemos libros cristianos. En rea­lidad servimos inconscientemente a lo que consideramos la meta de nuestra vida.

Jesús advierte repetidamente contra los peligros del materialismo (Luc. 12:13; 15:12; 16:14). ¿Cuáles son las señales del materialismo? ¿Cómo podemos evitarlas?

La acumulación de posesiones.

El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha. Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha.” Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida.” Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?” Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios (Luc. 12:16-21).

La acumulación de posesiones es algo “absurdo, y una penosa tarea” (Ecl. 4:8). Si estás siendo tentado a acumu­lar más de lo que necesitas para lo que requiere tu familia y para tus demás responsabilidades (incluyendo el ahorro para las emergencias, la jubilación, la ofrenda, etc.), pregúntate cuál es tu objetivo. ¿Estás haciendo sabias inversiones eternas o acumulando lo que no usarás nunca?

La generosidad es lo opuesto de la acumulación y demuestra ser, a largo plazo, mucho más sabia (ver la pági­na 195).

La preocupación por las cosas materiales.

Los que quieran enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores (1 Tim. 6:9, 10).

Si te das cuenta de que estás pensando y preocupándote mucho por las finanzas, pídele a Dios que te libere de esa preocupación por las cosas materiales y que te ayude a confiar en él.

La codicia.

No codicies la… de tu prójimo, ni desees su casa, ni su…, ni nada que le pertenezca (Deut. 5:21).

Mientras que la acumulación es ceñirse a las propias pose­siones, la codicia es ansiar lo que pertenece a otros. La codicia es idolatría (Ef. 5:5; Col. 3:5). Es amar las cosas en lugar de amar a Dios y a las personas. Con frecuencia conduce a la envidia, al deseo de dañar o destruir lo que otra persona posee y que ansiamos. Las señales de la co­dicia son el deseo de enriquecerse rápidamente y la inca­pacidad de satisfacerse con lo que se posee. Mientras más se posee, más se desea (Ecl. 5:10; Stg. 4:1-3).

Lo opuesto a la codicia es el contentamiento. Esto significa que estamos dispuestos a aceptarnos tal como Dios nos ha creado, con nuestros dones, talentos y opor­tunidades. El contentamiento respecto de las cosas mate­riales es una aceptación activa, no pasiva. Estar contentos nos capacita para aceptar las responsabilidades que acom­pañan nuestro llamamiento y nuestra situación.

Pablo aceptó su situación en la vida aunque ésta impli­cara dificultades y una variedad de circunstancias financieras.

No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendi­do a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias… (Fil. 4:11, 12).

El contentamiento no es cosa fácil cuando estamos ro­deados de personas con las cuales nos estamos compa­rando constantemente y cuyo respeto deseamos. La solu­ción es saturar nuestra mente con la Palabra de Dios, de manera que podamos reconocer los efectos negativos de la codicia y el amor por las posesiones.

 

Nuestra confianza debe estar puesta en Dios, y no en nosotros mismos, como fuente de la provisión.

 

No se te ocurra pensar: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos”. Recuerda al SEÑOR tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado hoy el pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados (Deut. 8:17, 18).

 

Una razón por la que las personas se hacen amantes de las posesiones y son codiciosas, es el pensamiento de que la so­brevivencia depende de ellos mismos y que el éxito material es una razón para sentirse orgullosos. Pero nuestra sobrevi­vencia depende de Dios, el éxito material honrado debe mo­vernos a ser humildemente agradecidos y el éxito deshonesto debe avergonzarnos porque presagia el desastre.

 

Nuestra confianza debe estar puesta en Dios, y no en las riquezas, como fuente de seguridad. Las riquezas no son confiables; no podemos llevárnoslas a la eternidad (Luc. 12:16- 21). Aun más, no podemos siquiera garan­tizar que no se desvanecerán súbitamente en esta vida (Prov. 23:4, 5). En tercer lugar, aun si pudiéramos asir­la, la riqueza no trae satisfacción (Eci. 5:10).

 

Sé honesto.

 

El dinero mal habido pronto se acaba; quien ahorra, poco a poco se enriquece (Prov. 13:11).

 

La riquezas conseguidas deshonestamente o dañando a otras persona, tienden a desaparecer rápidamente. Pero aun si una persona envejece enriqueciéndose deshonestamente, su vida se hará torcida y, finalmente, vacía.

 

Mas vale tener poco, con temor del Señor, que muchas riquezas con grandes angustias (Prov. 15:16).

 

En las leyes que dio a Israel, Dios enfatiza la honestidad.

 

Porque él aborrece a quien comete tales actos de injusticia (Deut. 25:16).

 

¿Valen tanto las riquezas como para aceptar que seas ser testado por Dios?

 

Vive por debajo de tus ingresos.

En casa del sabio abundan las riquezas y el perfume, pero el necio todo lo despilfarra (Prov. 21:20).

Llegamos ahora a los aspectos prácticos. Si gastas todo lo que ganas, no te dejas margen para el error o para algu­na emergencia; te endeudarás inevitablemente. Pero si resistes el materialismo y crece tu contentamiento, vivir por debajo de tus ingresos es siempre posible.

Establece prioridades. Si no gastas todos tus ingresos, tendrás un pequeño sobrante para establecer tus priori­dades. Sugerimos lo siguiente:

Lo esencial.

  • Ofrenda básica (reconocer a Dios en el primer lugar).
  • Impuestos y deudas (responsabilidades automáticas).
  • Necesidades familiares básicas (alimentación, vivienda, educación, cuidado médico, vestido).
  • Ahorro para conseguir alguna ganancia (un seguro es una opción parcial).

 

 

El sobrante.

Después de suplir para lo esencial, existen dos vías para el ahorro, las cuales debes tratar de seguir simultáneamente. Establecer la prioridad y el equilibrio entre ambas vías, queda a discreción de la persona o la familia, siempre buscando la dirección de Dios.

Método # 1
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Aumentar la ofrenda
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Aumentar la ofrenda
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Aumentar la ofrenda
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Aumentar la ofrenda

Método # 2
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Suplir necesidades familiares secundarias(vestido, transporte, recreación)
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Ahorrar para formar un capital
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Ahorrar para distracciones familiares(conveniencia y comodidad)
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Ahorrar para distracciones personales (viajes lujos. etc.)

Domina tu crédito. Comprar a crédito significa vivir por encima de tus ingresos, utilizando el que obtendrás mañana para comprar lo que deseas hoy. Por lo general es un refle­jo de materialismo, codicia, impaciencia y falta de autocon­trol. Además, es extremadamente costoso pues los intere­ses se añaden dramáticamente al costo de las cosas.

 

Los ricos son los amos de los pobres; los deudores son esclavos de sus acreedores (Prov. 22:7).

 

La Biblia no prohíbe comprar a crédito, pero nos ad­vierte contra ello. La mayoría de los consejeros financieros cristianos, aconsejan utilizar las tarjetas de crédito solo para adquirir artículos que se valorizan con el tiempo como casas y negocios. Artículos que se deprecian, tales como refrige­radores, automóviles, etc., deben comprarse al contado.

Para aquellos que no pueden resistir la tentación de gastar de más, los consejeros cristianos aceptan el uso de las tarjetas de crédito por lo inconveniente que resultaría llevar una gran cantidad de dinero (como para alquilar un automóvil en otra ciudad). Pagar la factura en el acto y evitar el cargo de intereses no es ninguna necedad.

 

Usaremos poco nuestro crédito si hacemos lo siguiente:

 

  • honramos a Dios con nuestro dinero y confiamos en que él suplirá para nuestras necesidades (Fil. 4:19);
  • aprendemos a contentarnos (Fil. 4:11, 12);
  • aprendemos la paciencia y el autocontrol (Gál. 5:22, 23);
  • pedimos a Dios sabiduría en los asuntos financieros y la usamos (Stg. 1:5);
  • evitamos la esclavitud del endeudamiento (Prov. 22:7).

 

Si evitamos utilizar nuestro crédito, sería una política contradictoria avalar el de otros (Prov. 22:26, 27). Debe­mos satisfacer las necesidades de los hermanos en la comu­nidad por medio de ofrendas generosas. Si no somos ca­paces de dar, tampoco lo seremos para responsabilizarnos de las deudas de otra persona. No debemos avalar un prés­tamo para nadie a menos que estemos dispuestos a pagar la deuda con generosidad.

A continuación se expresa una serie de prácticas que aplican los principios bíblicos estudiados.

Aprende a comprar con sabiduría.

Compra al contado. No solo te ayudará a evitar el uso del crédito, sino que, además, te permitirá aprovechar los descuentos. Como los comerciantes tienen que pagar un porcentaje a la compañía emisora de las tarjetas y deben esperar hasta treinta días para recibir el dinero, muchos pequeños comerciantes aceptarán hacer alguna rebaja en el precio si se paga al contado.

 

Distingue las necesidades de los deseos.

No permitas que nadie te cree alguna necesidad. Apren­de y enseña a tus hijos a evaluar la publicidad. Si fuera nece­sario, oren juntos sobre este asunto. Analiza con tus hijos el presupuesto familiar.

Nunca compres por impulso.

Anticípate a las necesidades y ejercita la paciencia. Tómate tiempo para comparar los precios.

Compra por el valor y no necesariamente por el precio. Repara en vez de reponer.

Compra siempre por tu iniciativa. No permitas que nadie te venda algo hasta que no estés dispuesto a com­prarlo. Toma todo el tiempo que necesites para decidir.

 

Busca la dirección y la ayuda de Dios (Stg. 1:5).

Busca el consejo de otras personas (Prov. 15:22).

Tómate suficiente tiempo.

 

Los planes bien pensados: ¡pura ganancia!

Los planes apresurados: ¡puro fracaso! (Prov. 21:5).

Sobre nosotros enabundancia

Aquí publicamos Estudios Bíblicos, Reflexiones Cristianas con el propósito de ayudar a toda la comunidad Cristiana para que juntos llevemos el mensaje de Dios a las naciones con más amplitud y efectividad el Evangelio del Reino.

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