El Dinero 4. MI ACTITUD AL OFRENDAR

MI ACTITUD AL OFRENDAR

¿CUÁL DEBE SER MI ACTITUD AL OFRENDAR?

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Ofrendar es una bendición para el que ofrenda y para el que recibe. Pablo habla de “el privilegio de participar en este servicio para los santos” (2 Cor. 8:4). Aun en su “extrema pobreza”, los cristianos de Macedonia sentían que dar era un privilegio tal, que insistían en que Pablo les permitiera ha­cerlo. ¿Por qué dar es una bendición y un privilegio?

Porque nos permite reflejar el carácter de Dios. Dios es dador por naturaleza (Juan 3:16; Rom. 8:32; Fil. 2:5­8), y, naturalmente, los cristianos queremos ser como él.

Porque edifica la comunidad y la comunión. Cuando actuamos como colaboradores compartiendo generosa y humildemente las finanzas, el amor es fortalecido.

Además, en las oraciones de ellos por ustedes, expre­sarán el afecto que les tienen por la sobreabundante gracia que ustedes han recibido de Dios. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:14, 15).

Aquí, el “don inefable” es en parte el vínculo de amor entre todos los dadores y también entre ellos y los receptores.

Porque produce madurez.

Ahora, hermanos, queremos que se enteren de la gracia que Dios ha dado a las iglesias de Macedo­nia… procuren también sobresalir en esta gracia de dar (2 Cor. 8:1,7; ver también 9:10).

Porque permite que Dios dé al que ofrenda. En el Nuevo Testamento se enfatizan las recompensas espirituales de dar, aunque también es posible obtener las materiales.

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mat. 6:19-21).

Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Por­que con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes (Luc. 6:38).

Pablo escribió a los filipenses que ofrendaron para su ministerio sin esperar alguna devolución: “Así que mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús” (Fil. 4:19). Debido a que Pablo y los filipenses eran colaboradores en el ministerio, compartían las recompensas espirituales que Pablo estaba guardando en los cielos (Fil. 4:17). De la misma manera si actuamos como colaboradores de algún pastor o misionero, compartiremos sus recompensas espirituales.

Filipenses 4:19 no nos promete que Dios proveerá para todo lo que desee una persona egoísta. En primer lu­gar, se refiere a necesidades, no a deseos egoístas. Además, Pablo se dirige a personas que ofrendaban desinteresadamente, por amor y no por un deseo de beneficio material. Jesús nos pide que demos “sin esperar nada a cambio” (Luc. 6:35).

En el Antiguo Testamento Dios hizo muchas promesas de bendecir materialmente a Israel como resultado de ofrendar generosamente. Existen diversas opiniones sobre si esas promesas se aplican a los cristianos o si las bendiciones de ofrendar son principalmente espirituales. Lo que importa es que Dios mira los corazones. Si ofrendamos esperando recibir una recompensa terrenal, perdemos la celestial (Mat. 6:2).

La ofrenda produce muchos resultados positivos. La ofrenda produce acción de gracias y alabanza.

Ustedes serán enriquecidos en todo sentido para que en toda ocasión puedan ser generosos, y para que por medio de nosotros la generosidad de ustedes resulte en acciones de gracias a Dios. Esta ayuda… no solo suple las necesidades de los santos sino que también redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. …al recibir esta demostración de servicio, ellos ala­barán a Dios por la obediencia con que ustedes acom­pañan la confesión del evangelio de Cristo, y por su generosa solidaridad con ellos y con todos (2 Cor. 9:11-13).

La ofrenda produce gozo.

Me alegro muchísimo en el Señor de que al fin hayan vuelto a interesarse en mí. Claro está que tenían interés, solo que no habían tenido la oportunidad de demostrarlo (Fil. 4:10).

La ofrenda produce oración.

En todas mis oraciones por todos ustedes, siempre oro con alegría, porque han participado en el evan­gelio desde el primer día hasta ahora (Fil. 1:4, 5).

La ofrenda anima a otros a ofrendar.

No hace falta que les escriba acerca de esta ayuda para los santos, porque conozco la buena disposi­ción que ustedes tienen. Esto lo he comentado con orgullo entre los macedonios, diciéndoles que desde el año pasado ustedes los de Acaya estaban prepara­dos para dar. El entusiasmo de ustedes ha servido de estímulo a la mayoría de ellos (2 Cor. 9:1, 2).

“Hay más dicha en dar que en recibir” (Hech. 20:35). Por lo tanto, debemos organizar nuestras finanzas de ma­nera que podamos dar lo más posible, y para no estar reci­biendo constantemente de la generosidad de los demás. No debemos avergonzarnos o ser demasiado orgullosos para recibir, pero nuestra meta debe ser dar más frecuente­mente de lo que recibimos.

Algunas personas piensan que trabajar en una profesión lucrativa y ahorrar para el futuro, indica que no se está dis­puesto a depender de Dios para la satisfacción de las necesi­dades diarias. Sin embargo, la Biblia alaba, y nunca censura, las ganancias honestas, el planeamiento y el ahorro.

 

La ofrenda ha de ser voluntaria. En el Antiguo Testamento existen algunas exigencias financieras que son obligatorias (Éxo. 13:1-16; 23:19; Lev. 27:30-32). No entregar a Dios el diezmo de las ganancias personales, las primicias de las cosechas y el precio de cada primogénito, persona o animal, era considerado un “robo a Dios” (Mal. 3:8-10). Muchos cris­tianos piensan que el diezmo es lo mínimo que debemos dar a Dios y su obra (raramente se aplican literalmente las leyes sobre las primicias de los frutos). Sin embargo, en sus exten­sas enseñanzas sobre la ofrenda, ni Jesús ni Pablo hacen una ley del diezmo. En su lugar, siempre enfatizan la ofrenda vo­luntaria como una expresión de amor.

No es que esté dándoles órdenes, sino que quiero probar la sinceridad de su amor en comparación con la dedicación de los demás. Ya conocen la gra­cia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos (2 Cor. 8:8, 9).

Por otra parte, muchos cristianos que no consideran el diezmo como una obligación, creen que quien no está dispuesto a diezmar, no ha captado los principios de ge­nerosidad y contentamiento y la bendición de ofrendar.

Al decidir cuánto de tus entradas apartarás para dar, pide al Señor que limpie tu corazón de racionalizaciones y excusas. Para disciplinarte a ti mismo en la ofrenda, el diezmo es un buen punto de partida.

La ofrenda debe ser alegre.

Cuando… no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Antes bien, tiéndele la mano y préstale gene­rosamente lo que necesite. No des cabida en tu co­razón a la perversa idea de que, por acercarse el año séptimo, año del perdón de las deudas,… No seas mezquino sino generoso (Deut. 15:7-1 Oa).

Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría (2 Cor. 9:7).

Ofrendamos no porque Dios nos castigará si no lo hace­mos, sino porque amamos a Dios y a las personas, y esta­mos agradecidos con Dios por la liberalidad de su provi­sión.

Tampoco debemos juzgar a otros porque dan menos de lo que pensamos que pueden dar.

¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro? Que se mantenga en pie, o que caiga, es asunto de su pro­pio señor. Y se mantendrá en pie, porque el Señor tiene poder para sostenerlo… Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. …Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? 0 tú, ¿por qué lo menosprecias? (Rom. 14:4, 5, 10).

La cantidad ofrendada debe ser proporcional a nues­tros ingresos. El diezmo es un buen comienzo. Pero los cristianos acaudalados, cuando han podido eludir las tram­pas del materialismo y la codicia, generalmente se dan cuen­ta de que pueden aumentar la proporción de sus ingresos usada para suplir las necesidades de otros. Quien no sea acaudalado, no debe sentir que no es responsable de ofren­dar o que no importa si su ofrenda es escasa (Luc. 21:1-4; 2 Cor. 8:11, 12). Dios está interesado en las actitudes del corazón y no en la cantidad de la ofrenda.

La ofrenda debe ser generosa.

Recuerden esto: El que siembra escasamente, esca­samente cosechará, y el que siembra en abundan­cia, en abundancia cosechará (2 Cor. 9:6).

Dios es generoso y aprovecha cada oportunidad para expre­sarse. Él se complace cuando reflejamos su carácter.

La ofrenda debe ser regular y sistemática. Pablo su­girió que los corintios apartaran sus ofrendas cada sema­na (1 Cor. 16:2). Él se dio cuenta de las discrepancias que surgen entre nuestras intenciones y nuestros actos, así que sugirió una disciplina semanal. Aunque no existe una norma universal sobre la ofrenda semanal, es necesario planificar cuándo y cuánto vamos a dar.

La ofrenda debe hacerse sin exhibicionismo.

Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa. Por eso, cuando des…, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sina­gogas y en las calles para que la gente les rinda home­naje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su re­compensa. Más bien, cuando des…, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará (Mat. 6:1-4).

Como siempre, lo importante ante los ojos de Dios no es la acción, sino la motivación.

MI ACTITUD AL OFRENDAR

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