El Dinero 3. DIOS ME HA CONFIADO MIS POSESIONES

MIS POSESIONES

¿CON QUÉ PROPÓSITO Dios ME HA CONFIADO MIS POSESIONES?

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para disfrutar de sus bendiciones materiales.

Dios… nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos (1 Tim. 6:17).

Pablo advirtió a los colosenses que no se dejaran imponer reglas sobre qué debían comer, beber o hacer (Col. 2:16-23).

Tienen sin duda apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza pecaminosa (Col. 2:23).

Como la creación material de Dios es buena, no debemos sentirnos culpables por disfrutarla, si evitamos la seduc­ción del materialismo, la codicia y la avaricia.

Para utilizarlas en la edificación de la comunidad. Aunque tenemos el sentido de ser individuos singulares y personalmente responsables de nuestras decisiones morales, somos también seres colectivos, hechos para vivir en comunidad. Somos responsables de las necesidades de los demás y no solo de las propias. Nuestro modelo es Cristo, quien dejó por nosotros y desinteresadamente lo que le pertenecía por derecho propio (Fil. 2:4-7). Las prio­ridades financieras, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, son las siguientes:

La provisión para la familia.

Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, que éstos apren­dan primero a cumplir sus obligaciones con su propia familia y correspondan así a sus padres y abuelos, por­que esto agrada a Dios… El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha nega­do la fe y es peor que un incrédulo (1 Tim. 5:4, 8).

Bajo esta categoría de atención a las necesidades deben estar las básicas de la familia como: el alimento, el vestido, la vivienda, la educación, el cuidado médico, y la provisión para alguna emergencia futura. Las comodidades más allá de las necesidades son buenas, pero deben tener una prio­ridad menor que las responsabilidades de la lista siguiente:

La provisión para las necesidades de las hermanas y her­manos cristianos.

Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos de verdad (1 Jn. 3:17, 18).

La Biblia enfatiza las ofrendas personales entre los cristianos (Rom. 12:3). Cuando vemos alguna necesidad debemos responder a ella y estar alertas para ver las necesidades. Dar para algún cristiano en dificultades es una prioridad mayor que dar a los pobres en general, porque es una expresión de la unidad que tenemos en Cristo. Entre nuestros valores, los intereses de nuestro hermano son iguales y hasta más importantes que los propios (Fil. 2:1-8).

La provisión para los pobres, las viudas y los huérfanos a quienes les falta uno o ambos padres.

El que cierra su oído al clamor del pobre, llorará también sin que nadie le responda (Prov. 21:13).

Juan el Bautista aconsejaba “producir frutos dignos de arrepentimiento”:

El que tiene dos camisas debe compartir con el que no tiene ninguna…, y el que tiene comida debe hacer lo mismo (Luc. 3:11).

Jesús y sus discípulos dieron a los pobres. En Hechos 9:36; 10:2, 3 se alaba a las personas por dar a los pobres.

En el Antiguo Testamento se habla de las viudas y los huérfanos como personas en necesidad (Deut. 10:18; 14:25-29, etc.), porque en la sociedad antigua eran espe­cialmente vulnerables. Los padres que han perdido a su pa­reja y sus hijos tienen un grado de seguridad en la socie­dad actual, pero a menudo tienen necesidades financieras o de algún otro tipo.

En nuestros países, el sistema de bienestar social hace que los ciudadanos piensen que, si pagan los impuestos, son liberados de la responsabilidad por los pobres. Sin embargo, como individuos y grupos cristianos, seguimos siendo responsables de ayudar a los pobres. Generalmente la mejor manera de ayudar a un pobre es dotarlo de capi­tal en la forma de una capacitación, un trabajo o el mate­rial que necesita para trabajar productivamente (así como del ánimo personal necesario que edifique su esperanza). Algunas ideas sobre la ayuda a los pobres en el Antiguo Testamento pueden verse en Levítico 19:9, 10; 25:1-55; Deuteronomio 23:19, 20, 24, 25; 24:6, 10-15, 17-20.

La provisión para los líderes espirituales.

El que recibe instrucción en la palabra de Dios, com­parta todo lo bueno con quien le enseña (Gál. 6:6).

En el Nuevo Testamento se nos manda a sostener a nues­tros ministros ya sean pastores o ancianos en nuestra iglesia local o maestros y líderes itinerantes (Luc. 8:1-3; 9:1-5; 10:1-7; 1 Cor. 9:11-18; 1 Tim. 5:17, 18; ‘rito 3:13, 14; 3 Jn. 6, 7).

Ofrendar para la iglesia. Más allá del sostenimiento de nuestros líderes espirituales locales, debemos pagar también para conseguir un edificio que consideremos necesario para la adoración, la enseñanza y la comunión cristiana. La iglesia primitiva tenía gastos muy pequeños porque se reunían en las casas, pero si deseamos tener edificios y pro­gramas más elaborados, tendremos que pagar por ellos.

Para demostrar hospitalidad a los viajeros y a los extranjeros.

No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gra­cias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles (Heb. 13:2).

No se trata aquí de acogerlos socialmente (lo cual está bien, pero se hace por placer o negocio), sino de la clase de amor desinteresado que se aparta de su camino para ayudar a los necesitados. En el Nuevo Testamento son mencionados los misioneros, los maestros itinerantes y otros cristianos que pasan por nuestra ciudad.

Querido hermano, te comportas fielmente en todo lo que haces por los hermanos, aunque no los conozcas. Delante de la iglesia ellos han dado testimonio de tu amor. Harás bien en ayudarlos a seguir su viaje, como es digno de Dios. Ellos salieron por causa del Nombre, sin nunca recibir nada de los paganos… (3 Jn. 5-7).

La ofrenda para la extensión del evangelio. Aunque men­cionamos este aspecto en último lugar, eso no significa que tenga la última prioridad. De hecho pernea a todos los precedentes. La provisión para la propia familia, para

otros hermanos cristianos y para otros pobres, es un tes­timonio práctico de que tenemos la misma actitud y la preocupación desinteresada que tuvo Cristo por los de­más. “Adorna la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10), y así sirve para la extensión del evangelio. La pro­visión para las iglesias, los líderes espirituales locales y los misioneros y maestros itinerantes, sirve también a ese fin. pero también debemos priorizar el sostenimiento de los misioneros no solo cuando nos visitan, sino también cuan­do se encuentran en su campo de misión.

Pablo se refirió a los filipenses que sostenían su minis­terio no como “donantes” sino como sus colaboradores en el evangelio (Fil. 1:5). Mantenía con ellos una relación personal y amorosa que los estimulaba a sostenerlo financieramente.

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