Cómo triunfar sobre la tristeza

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

He sido ministro por más de treinta años, y parte de la tarea que me ha sido encomendada por Dios ha consistido en ayudar a la gente a hacer frente al dolor cuando este se presenta. Como también yo he sufrido dolor, puedo sentir compasión por los que acuden a mí en busca de consejo.

Hace algunos años perdí a tres personas amadas en el transcurso de un solo mes. El primero fue un estimado amigo y hombre de Dios que había servido de gran inspiración a mi vida, el cual resultó muerto en un accidente automovilístico. Todos los que iban en el otro vehículo habían estado ingiriendo bebidas alcohólicas.

Después, una tía a quien yo quería mucho fue víctima de otro choque en la autopista. Ese fue un golpe bastante fuerte para mí, pues habíamos estado muy cerca.

Poco después recibí una llamada telefónica de mi amigo Don Olson en la que me informaba que él acompañaría los restos mortales de su hermano Virgilio, pues lo iban a enterrar en la ciudad de Seattle, Washington, Estados Unidos. Este había muerto al aspirar accidentalmente monóxido de carbono mientras viajaba en el ómnibus del famoso cuarteto Blackwood Brothers Gospel Quartet. Justamente el día anterior yo había visto a Virgilio en Vancouver y había conversado con él. Estaba fuerte y saludable. Mi amigo Don se notaba devastado mientras hablaba conmigo por teléfono. Hice lo mejor que pude para confortarlo en su pena~ pero a mí mismo se me hacía difícil aceptar la muerte de Virgilio. Parecía una pérdida tan grande, pues él tenía solamente treinta años de edad, y dejaba una esposa y tres niños pequeños. Era algo que rompía el corazón.

¿Tiene usted el alma destrozada? En mi ministerio he encontrado a muchos cuyos corazones han sido quebrantados. Quizás esa condición haya sido producida por una pérdida repentina, un divorcio, la separación de algún ser querido, un amor no correspondido, la pérdida de algún trabajo, la pérdida de amigos, un cónyuge infiel, un hijo o hija pródigo.
A veces hasta las cosas buenas pueden ocasionar pesar, como cuando un hijo o una hija tienen vocación de misionero al extranjero y se va a vivir del otro lado del mundo.

Otras veces las cosas malas “ayudan a bien” en el plan de Dios. Pienso en ocasiones cuando algunos han perdido un trabajo sólo para encontrar otro mejor; ocasiones cuando habiéndose roto los compromisos matrimoniales, la persona que había resultado herida, con el tiempo, terminó casándose con un compañero mucho mejor.

Amigo, no importa cuál sea la causa de su dolor, Jesús dijo: “No se turbe vuestro corazón.” Sé que hay experiencias – especialmente la muerte de un ser querido que pueden destrozar el alma. Estas son como si de pronto se apagara la luz del faro que le servía de guía; como si la persona doliente se viera vagando por una llanura desolada, a la cual han despojado de toda señal familiar que pueda brindarle orientación. Perder a un ser amado parece ser algo tan absoluto y final, que no importa cuánta resignación uno intente tener, es algo casi imposible de soportar.

Quiero compartir con usted algunos consejos prácticos sobre cómo enfrentar el dolor y sobreponernos a él con fortitud. No es mi intención ofrecer ninguna teoría o fórmula baladí sobre cómo vencer el inmenso dolor ocasionado por la pérdida de un ser querido o por una situación que destroce el alma. A los que hayan sido despojados de un ser amado, o que hayan sufrido cualquier otra pérdida enorme, les ofrezco el mismo consuelo que yo he recibido y que a la vez he ministrado a otros que se han visto en mi misma situación. Por cuanto esos consejos nos han sido beneficiosos, creo que también les serán útiles a ustedes.

Cuando la vida parezca despojada de esperanza y carezcamos hasta del ánimo de enfrentarnos a otro día, hay algo que se alza como una torre por sobre todo lo demás, como una gran montaña que se levanta por encima de las colinas a su pie. Me refiero a la fe. Cuando enfrentamos algún pesar insoportable, es la fe en Dios, la fe en su Palabra, la fe en su bondad infinita lo que nos permitirá salir airosos.

En último análisis, cuando recibimos a Jesús, recibimos la vida: vida abundante, vida eterna. Dice la Biblia en Juan 1:4: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.” El cristianismo es la vida en contraste con la muerte; es la esperanza en contraste con la desesperación; es la victoria en contraste con la derrota. El cristianismo es la fuerza más radiante, vital y dinámica que jamás se haya visto en la historia de la humanidad.

Cuando nos hallemos frente al pesar, necesitamos recordar que lo que suframos aquí mismo, en este momento, es algo solamente momentáneo comparado con la inmensidad de toda la eternidad… y que vamos a vivir por siempre. Nuestros cuerpos morirán, pero nosotros seguiremos viviendo. De aquí a varios miles de años, lo más importante no será la pérdida que ahora parece tan inmensa. Lo que contará por toda la eternidad no es 10 que nos ocurra, sino cómo enfrentamos las tribulaciones por las que pasamos.

Sabemos que viviremos después de la muerte porque Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). En la Ultima Cena Jesús dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19).

Entonces El quitó toda duda muriendo en la cruz y levantándose de entre los muertos. En ese momento fue establecido el firme cimiento de nuestra fe cristiana: que Jesús, a quien la muerte no pudo matar, aún vive; y que por medio de la fe en El también estamos destinados a seguir viviendo como seres espirituales en un mundo espiritual en el cual no hay muerte.

Muy frecuentemente las personas que están al borde de la muerte nos informan que han tenido visiones o que han escuchado sonidos que ciertamente no parecen ser de este mundo. He estado junto al lecho de muerte de estimados cristianos que me han contado acerca de las luces que han visto o de la música que han oído … una clase de música distinta a la que conocemos aquí: dulces melodías de armonía indescriptible.

Hace algunos inviernos mi amigo William Freeman y yo tuvimos un terrible accidente automovilístico. El enorme Buick en que viajábamos resbaló con hielo negro en la autopista, se salió del camino, saltó por encima del banco de nieve del borde de la carretera y dio varias vueltas. Yo escapé ileso, pero el hermano Freeman se vio al borde de la muerte. Estuvo en estado de coma por 106 horas; luego, cuando parecía que había partido de esta vida, el Señor nuestro Dios vino y le habló: “Quiero mostrarte con cuánta facilidad le puede sobrevenir la muerte a un cristiano.” Entonces me dijo el hermano Freeman que fue tomado fuera del cuerpo y fue traspuesto a través de valles, colinas, montañas y ríos, hasta que finalmente llegó a lo que describió como “el cruce del río”. Allí vio las glorias de un reino que sobrepasaba en belleza a cualquier cosa de esta vida. Justamente antes de entrar en ese glorioso lugar para siempre, el Señor le dio media vuelta y lo envió de regreso a la tierra.

Después de eso, el hermano Freeman frecuentemente me contaba lo maravilloso que había sido para él haberse enfrentado a la muerte como cristiano.

Los testimonios de cristianos que han sido vueltos a la vida habiéndose encontrado al borde de la muerte deberían proporcionarnos a todos enorme consuelo al enfrentamos a la pérdida de algún ser querido. La muerte, sin embargo, es sólo uno de los muchos pesares de la vida. Pero cualquiera que sea la causa de su pesar, tengo buenas noticias: Jesús se interesa tanto en los corazones heridos como en los cuerpos heridos. El vino a sanar ambos.
Cuando Jesús regresó de su tentación en el desierto, entró en una sinagoga en el día de reposo y allí proclamó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón” (Lucas 4:18). El Salmo 34:18 dice: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.” Y el Salmo 147:3 confirma: “El sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.”
Ha habido varias veces cuando mi corazón ha estado a punto de romperse: cuando mi único hermano se estaba muriendo, cuando perdí varios amigos y otros seres amados, cuando mi esposa casi se me muere después de un malparto, y hasta cuando mis hijos abandonaron su patria para realizar obra de evangelismo en Asia, en el Lejano Oriente. Vez tras vez encontré que Jesús era la respuesta. “Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare” (Salmo 61:2).
¿Ha tenido usted la experiencia de perder a un ser querido? ¿Tiene un corazón herido? Recuerde que Dios es “…el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:3, 4). “Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, yos confirme en toda buena palabra y obra” (2 Tesalonicenses 2:16, 17).
Receta para la acción
¿Quiere usted una verdad que le ministre consuelo, fortaleza y seguridad en este momento? Haga un alto en sus actividades y afirme en alta voz el Salmo 23.

Promesa para los que tengan el corazón herido
Aun cuando Dios a veces derrama sus bendiciones de forma soberana, la mayor parle de las veces tenemos que pedírselas en oración. Usted no se convirtió automáticamente: Tuvo que pedirle al Señor que lo salvara. La mayoría de nosotros tampoco fuimos bautizados en el Espíritu Santo automáticamente: Tuvimos que orar y pedirle a Dios esa experiencia. La sanidad física y la emocional se reciben de manera similar: Encontramos una porción bíblica que se aplica a nuestras necesidades, y entonces oramos y creemos que Dios hará que su Palabra se cumpla en nuestra vida. He aquí varios textos bíblicos en los cuales podemos basamos cuando necesitemos el consuelo de Dios:

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).

“Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Más ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 SamueI12:22, 23).

“Él hace cosas grandes e incomprensibles, y maravillosas, sin número” (Salmo 9:10).

“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmo 27:10).

“Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Salmo 116:15).

“Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que delante de la aflicción es quitado el justo” (Isaías 57:1).

“El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados” (Isaías 61:1-3).
“De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Juan 16:20-22).

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:55-57).

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15, 16).

 

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