Cómo triunfar sobre la soberbia

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

Una mañana del mes de enero de 1976 desperté con un dolor de cabeza insoportable. Nunca había yo sufrido de dolores de cabeza, de modo que fue una nueva experiencia en mi vida. Según avanzaba el día pensé: “El no haber sufrido nunca un dolor de cabeza ha hecho que yo haya sentido muy poca compasión por las personas que padecen de migrañas.”

Francamente, esperaba que “el tiempo sería la mejor medicina” y que el dolor de cabeza simplemente se iría disipando poco a poco. Pero a la mañana siguiente aún no se me había quitado. Hice lo que normalmente hacía en esos casos: pedirle a Dios en oración que me sanara.

Pronto aprendería que el tiempo no sería el que sanaría esos dolores de cabeza, pues éstos persistirían tenazmente por espacio de una semana completa. Cada día que pasaba, el dolor se incrementaba.

Después de soportar esa aflicción durante siete días, le presenté mi caso al Señor con gran vehemencia. Hablé con confianza la Palabra, resistí al diablo, alabé al Señor, puse mi fe en acción y repetí todos los pasos que había dado anteriormente para recibir sanidad divina.

Durante toda la segunda semana me mantuve firme en la fe y esperé, sin dudar, que el poder sanador de Cristo me devolvería la salud.

Después de haber pasado dos semanas, los dolores de cabeza se convirtieron mucho más que nunca en parte de mi vida. Así que decidí consultarle mi problema al médico. Este me recetó cierta medicina popular, la cual compré y tomé siguiendo sus indicaciones.

Cuando me di cuenta de que la medicina no me estaba haciendo efecto, decidí probar con otro remedio para el dolor de cabeza que había visto anunciado por TV. Durante la tercera semana de mi padecimiento, ninguno de esos medicamentos sirvieron de ningún alivio.

Cuando pasó la cuarta semana, descubrí que ya no estaba pensando en ganar almas perdidas para Cristo. No me estaba concentrando en la oración compasiva por los enfermos. ¡Todo lo que atinaba a pensar se relacionaba con mi desdichado dolor de cabeza! ¡Me sentía completamente incapacitado, y pensaba cuánto tiempo podría yo sobrevivir esa horrible condición!

Al cumplirse el mes, nos encontrábamos fuera del país en una campaña y fuimos invitados por un superintendente escolar y su esposa a dar un paseo por la ciudad. Almorzamos en un buen hotel y visitamos lugares muy interesantes. Pero yo estaba sencillamente soportando la hospitalidad de estos amigos. Fue el peor día de los treinta desde que me habían comenzado los dolores de cabeza.

Me tiré en la cama esa noche y le dije a mi esposa: “Cariño, no quiero seguir viviendo así. Prefiero morir que vivir con este dolor tan fuerte.” Sentía mucha lástima de mí mismo, lo cual no me ayudaba en lo absoluto.

Cuando me puse de pie la mañana siguiente, le volví a decir a Joyce: “Cariño, no puedo pasar otro mes igual que el anterior. Dios tiene que ayudarme. Me voy a encerrar en la pequeña habitación del fondo de la casa en que estamos hospedados. Permaneceré encerrado allí hasta que haya en mí una manifestación del poder sanador del Señor.”
Nunca antes en mi vida había estado tan determinado de recibir respuesta divina para una necesidad personal. Me hinqué de rodillas y comencé a clamar al Señor. Enseguida me identifiqué con la expresión del salmista David en el Salmo 34:6: “Este pobre clamo, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.

Después de permanecer allí de rodillas aproximadamente una hora, exponiéndole a Dios cada detalle de la situación, le pedí que me mostrara el motivo por el cual se demoraba mi sanidad.

Obtuve instantáneamente una respuesta de Dios. El trajo a mi mente y espíritu las palabras de Santiago 4:6: “?Dios resiste a los soberbios, y da gracia los humildes”
El Espíritu Santo habló a mi corazón: “Cien veces de cada cien tengo que resistirte cuando eres orgulloso, arrogante y soberbio. Si oras y no recibes una respuesta definida, necesitas buscar en tu corazón para ver si has permitido que el orgullo obstaculice el fluir de mi poder en tu vida.

“Si estás buscando sanidad, y esta no se manifiesta, necesitas examinar tu corazón para ver si has permitido que el orgullo se haya interpuesto entre nosotros.

“Cuando estés en aprieto económico, y no recibas lo que necesites, debes tener en cuenta este asunto del espíritu de orgullo que estorba que yo supla esas necesidades.”

Rápidamente hojeé mi Biblia para leer algunos pasajes relacionados con el tema:

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).

“Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque:
Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5-6)

Sabía que ese era un principio que se encontraba tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: que mientras seamos soberbios, Dios tendrá que resistirnos.

Sé lo que significa ser resistido por la gente, y es algo difícil. Sé lo que significa ser resistido por mi esposa, y eso es casi más de lo que uno puede soportar. No obstante, ser resistido por Dios… ¡eso sí que es algo serio! Ser resistidos por Dios significa no obtener respuesta a nuestras oraciones, que no se manifieste ninguna sanidad divina, o que no haya ningún milagro económico. Ser resistidos por Dios es sin duda ¡pagar “un precio demasiado alto por una vida tan baja”!

Respondí inmediatamente a esta palabra del Espíritu Santo. Clamé a Dios pidiéndole perdón por haber sido orgulloso, arrogante y soberbio.

¿Cuál fue la reacción de Dios a mi confesión sincera?
¡Me perdonó! ¡Gloria a su nombre! “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiamos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Tuve absoluta certidumbre de que había sido completamente perdonado, limpiado, restaurado y sanado. Habiéndome librado del impedimento del espíritu de orgullo, continué humildemente en su presencia. Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos alterné entre la alabanza al Señor y la confesión de la Palabra en alta voz. Estoy persuadido de que cuando se alaba al Señor y se confiesa la
Palabra, sólo lo bueno puede llegar a uno.

En el punto culminante de aquellos gloriosos cuarenta y cinco minutos de alabanza y confesión de la Palabra, sentí repentinamente como que todo se iba desvaneciendo. Cuando alcé la vista, había un hombre de pie en la habitación. Mi primera reacción fue: “¡Esto no puede ser! La puerta tiene pasado el pestillo. Nadie puede entrar en este cuarto.”

Al quedarme mirando fijamente a este hombre, noté que la ropa que él vestía estaba pasada de moda para este siglo veinte.

El dio varios pasos hacia mí, y entonces puso suavemente sus manos sobre mi cabeza. Al hacerlo, sentí como que vertían sobre ella aceite caliente. Esto continuó por algunos momentos, entonces me di cuenta de que se me había quitado el fuerte dolor de cabeza.
Entonces el hombre retrocedió varios pasos. Mi reacción a esa visión no fue la acostumbrada. Dije en voz alta: “Señor, ¿eres el apóstol Pablo?”

No sé por qué formulé tal pregunta, pero estaba completamente seguro de que se trataba de una experiencia sobrenatural y deseaba que mi visitante se identificara a sí mismo.
El hombre no respondió inmediatamente. Luego me dijo: “Soy un ángel del Señor enviado a ministrarte a ti que eres heredero de salvación.” Hebreos 1:14 vino a mi mente. Allí dice que los ángeles “son todos espíritus ministrado res, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salvación”.

¡Yo era eso por la gracia de Dios! Un heredero de salvación. Me regocijé grandemente con esa visitación divina.

Súbitamente se terminó la visión. El ángel había desaparecido de la habitación. No obstante, yo había sido el recipiente de un bello milagro: no me había vuelto a atacar el dolor.

Queriéndome asegurar de que la sanidad había sido real, decidí esperar setenta y dos horas antes de contárselo todo a mi esposa. Cuando, setenta y dos horas después, los dolores de cabeza aún no me habían vuelto a atacar, le conté mi experiencia a Joyce.

Ella se regocijó conmigo y me instó a que la compartiera con los pastores con quienes estábamos colaborando.

Así lo hice, y ellos también se regocijaron con nosotros.
Pocos días después regresamos a casa. La primera mañana después de llegar, los viejos dolores volvieron con la misma tenacidad que antes.

Joyce me pidió con insistencia que les contara a nuestros hijos acerca de la visión y de la sanidad milagrosa.

¡Pero me habían vuelto los dolores! Me encontraba anonadado y completamente confundido.

El viejo diablo me susurró: “¡Vaya, le habías dicho a la gente que habías sido sanado de los dolores de cabeza. Has sido víctima de uno de mis engaños! ¡Ahora vas a sufrir peor que antes!”

Fue una experiencia tenebrosa y horrible para mí. Estaba siendo víctima de un engaño satánico. Pero el Espíritu Santo no me abandonó en ese momento de suprema prueba.

El me ministró y me consoló, y trajo con fuerza esta cita bíblica a mi mente: ?El ladrón no viene para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tenga vida y para que la tenga en abundancia? (Juan 10:10).

Inmediatamente vi el verdadero cuadro. Cristo realmente me había sanado por medio de sus heridas sangrantes. Pero ahora el ladrón intentaba robarme la sanidad.

Me sentí indignado. “Escucha, diablo, tú eres un mentiroso. Cuando recibí la visitación del ángel, hablé valientemente la Palabra de Dios.

“Diablo, tú has tratado de robarme la sanidad atacándome con síntomas mentirosos de dolores de cabeza. Los dolores de cabezas reales fueron sanados por Cristo?.
“Satanás, me niego a ser tu vertedero de basura. Toma tus viejas enfermedades y vete en el nombre de Jesús?.

“Diablo, ¡ya yo no sufro de dolores de cabeza!”

Los dolores de cabeza desaparecieron, gracias a Dios, casi tan instantáneamente como habían aparecido. De eso hace más de diez años. ¿Qué ha sucedido con los dolores de cabeza? Estoy humildemente agradecido de que jamás he experimentado otra vez un ataque severo de dolores de cabeza. En raras ocasiones he tenido síntomas ligeros… en la frente, o en la nuca… pero los resisto firmemente en el nombre de Jesús.

“Vete, Satanás -le digo con indignación -. Yayo no padezco de dolores de cabeza. ¡Jesús me sanó de ellos!”

Una vez, cuando un pequeño malestar de cabeza persistió por varios minutos, le dije sin ningún temor al diablo: “¡Escucha, Satanás, si intentas atacarme con dolores de cabeza, la próxima vez puede que Dios envíe una legión de ángeles a ministrarme!”

Aprendí una lección muy vívida de toda aquella experiencia: No hay lugar en la vida cristiana para un espíritu de orgullo. Un espíritu de esa clase detiene el fluir del poder de Dios en nosotros.

Los discípulos de Jesús fueron afligidos por ese espíritu de soberbia. “Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor” (Lucas 9:46). Jesús les dijo: “Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, recibe al que me envío; porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande” (versículo 48). En otra ocasión, Jesús expresó: “Porque cualquiera que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:11).

Sé por experiencia propia que el orgullo es un pecado que se introduce en nosotros inadvertidamente: Dedique usted un momento ahora para preguntarle a Dios si hay algún aspecto de su vida que necesita ser ajustado. Si el proyector celestial le ha mostrado un espíritu de orgullo dentro de su corazón, ore con el salmista: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10).
Estoy profundamente agradecido de Dios por la sanidad milagrosa de mis dolores de cabeza. Espero nunca volver a experimentar tal opresión satánica, porque Dios me mostró, por medio de ella, los principios que El siempre honrará al manifestar su poder sanador.

Receta para la acción

 

El espíritu de orgullo es devastador, debido a que corta el fluir de la bendición de Dios en nuestra vida. En tanto que la soberbia prevalezca en nuestro coraz6n, Dios tendrá que resistimos. Cuando sus oraciones no reciban respuesta, pregúntele al Señor: “¿Estoy yo albergando orgullo en mi corazón?”

En aquellos cuarenta y cinco maravillosos minutos antes de que mi sanidad fuera completamente manifestada “mantuve al cielo ocupado” respondiéndome mientras yo alababa al Señor y afirmaba su Palabra. Cuando alabamos al Señor y confesamos sus promesas siempre habrá resultados cuando nuestro corazón sea recto delante de Él.

Aprendí, por último, a distinguir qué era de Dios y qué era de Satanás. El diablo frecuentemente intentará robarnos las bendiciones que Dios nos ha dado… ¡es por eso que se le conoce como “el ladrón”! Cuando el diablo trató de robar mi sanidad, por la gracia de Dios, no “[ignoré] sus maquinaciones” y me puse en pie de lucha negándome a permitir que mi cuerpo fuera por más tiempo el solar yermo en que tirara su basura.

Resistir al diablo es una parte importante de la recepción y conservación de las bendiciones de Dios.

Citas bíblicas relacionadas con la soberbia

El orgullo es un espíritu… un espíritu inmundo. Como tal, el mejor modo de luchar contra él es con “la espada del Espíritu que es la palabra de Dios”. Esta es la misma arna que Jesús empleó cuando fue tentado por el diablo en el desierto, y podemos utilizarla exactamente de la misma manera que Ello hizo. Cuando el diablo venga contra usted en ese campo, dígale simplemente: “Satanás, escrito está…”y entonces cite uno o más de estos textos bíblicos que sean apropiados a la situación. He aquí varios que podrán serie útiles:
“Y Jehová destruirá todos los labios lisonjeros, y la lengua que habla jactanciosamente” (Salmo 12:3,4).

“Porque tú salvarás al pueblo afligido, y humillarás los ojos altivos” (Salmo 18:27).

“Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré; no sufriré al de ojos altaneros y de corazón vanidoso” (Salmo 101:5).

“Reprendiste a los soberbios, los malditos, que se desvían de tus mandamientos” (Salmo 119:21).

“Porque Jehová es excelso y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos” (Salmo 138:6).

“Ciertamente él escarnecerá a los escarnecedores, y a los humildes dará gracia” (Proverbios 3:34).

“Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra” (Proverbios 11:2).

“Ciertamente la soberbia concebirá contienda; mas con los avisados está la sabiduría” (Proverbios 13:10).

“Peca el que menosprecia a su prójimo; mas el que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado” (Proverbios 14:21).

“Abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune” (Proverbios 16:5).

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Proverbios 16:18).

“Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Proverbios 27:2).

“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23, 24).

“Pues por cuanto confiaste en tus bienes y en tus tesoros, tú también serás tomada; y Quemos será llevado en cautiverio, sus sacerdotes y sus príncipes juntamente” (Jeremías 48:7).

“He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana; soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso” (Ezequiel 16:49).

“¡Hay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas” (Lucas 11:43).

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece” (1 Corintios 13:4).

“Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).

“Como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios” (1 Juan 2:16).

“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis 3:17, 18).

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