Cómo triunfar sobre la pobreza

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

Como ya hemos mencionado, la Biblia enseña claramente que la voluntad de Dios para nosotros es la prosperidad: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2). A fin de que podamos prosperar, Dios ha esbozado en su Palabra un número de situaciones que conducen a la pobreza, y también nos dice en ella qué pasos debemos tomar para evitar caer en la pobreza y alcanzar la prosperidad.

Por cuanto el deseo de Dios de que prosperemos resulta tan evidente, muchos creyentes se sorprenden cuando también se nos demanda que “mantengamos una actitud de gratitud” aun en medio de la pobreza. Pablo dice: “…He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11), y Santiago nos manda que hagamos lo mismo cuando declara: “El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba” (Santiago 1:9, 10).

Aun en medio de la pobreza, la Palabra de Dios para nosotros es: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez os digo: iRegocijaos!” (Filipenses 4:4). Regocíjese porque tiene un amoroso Padre celestial que ha prometido suplir sus necesidades. Regocíjese usted por cuanto puede echar su solicitud sobre él. Regocíjese porque puede usted esperar ayuda sobrenatural, cualquiera que sea su situación.

Con demasiada frecuencia los creyentes se dejan vencer por las dificultades económicas. El desaliento sólo conduce a un estado de letargo en el que uno no tiene ánimos para tomar las medidas necesarias para remediar su situación. Así que regocíjese! No importa lo que sea la dificultad, Dios tiene la respuesta.

A veces la pobreza es ocasionada por las enfermedades. Si es ese su caso, refiérase al Capítulo 11: “Cómo triunfar sobre la enfermedad”. Otras veces la pobreza es una maldición que viene como consecuencia de no dar el diezmo. (Diezmar es dar una décima a Dios de sus ingresos -sus ganancias o su salario-.) Si es ese su problema, la solución es sencilla: Comience inmediatamente a diezmar. A veces la pobreza viene como consecuencia, de ”vivir por fe” cuando Dios no lo ha llamado a usted a vivir así. Si no ha oído usted antes la expresión “vivir por fe”, se estará preguntando de qué estaré yo hablando, ya que de acuerdo con Romanos 1:17, todos los creyentes hemos sido llamados a vivir por la fe: “Mas el justo por la fe vivirá.” Algunos creyentes, sin embargo, utilizan esa expresión para referirse a no que no tienen ninguna otra fuente regular de ingresos que no sea la provisión sobrenatural de Dios. Es muy cierto que Dios ha llamado a muchos a que se dediquen por completo a la obra de Dios y ”vivan por fe”, y El es muy poderoso para suplir sus necesidades. La dificultad surge, sin embargo, cuando las personas esperan que Dios les compense como si trabajaran una jornada completa cuando ellos sólo trabajan parte del tiempo… o cuando esperan que Dios les pague por un trabajo que El no les ha pedido que hagan. (¿Le pagaría usted un salario a alguien que no haya contratado?) Si está usted “viviendo por fe”, y sus necesidades no están siendo satisfechas tome los pasos que siguen:
(1) Examine su propio llamamiento. ¿Le pidió Dios que se dedicara por entero al ministerio? ¿Le dijo El que no trabajara usted en un empleo secular? ¿Le dijo que no aceptara un salario?
(2) Examine su propia fe. ¿Cree usted que Dios suplirá sus necesidades?
(3) Examine su propia dedicación a la obra. Espera usted que Oíos le pague una jornada completa por un trabajo al que sólo le dedica usted parte de su tiempo? ¿Se pasa usted el tiempo sentado por ahí esperando a que se le presente la ocasión para trabajar por el Señor o está usted tomando los pasos necesarios para que se abran tales puertas? Cuando no se abren las puertas, ¿redime usted el tiempo en el estudio de la Biblia, la oración y el testimonio? O tendrá usted “quizá necesidad de revisar la siguiente esfera de problemas, ya que…

A veces la pobreza es producto de la holgazanería. Dios condena toda empresa que se realice con tibieza y falta de fervor. Tenemos que evitar la pereza y el ocio en nuestro empleo o profesión. “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11).

Si se encuentra usted sin trabajo, haga que su ocupación sea buscar trabajo. Dedique todo su tiempo en ese empeño. “Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (2 Tesalonicenses 3:10-12).

Múltiples veces a lo largo de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se ordena -y se recomienda -la diligencia. Efesios 4:28 dice: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno para que tenga qué compartir con el que padece necesidad”; 1 Timoteo 5:8 revela que “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”; y 1 Tesalonicenses 4:11, 12 aconseja ” …que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada”.

¿Cree usted que Dios le va a suplir algo? Se nos manda que seamos diligentes no solamente en nuestro trabajo sino también en nuestra fe. Hebreos 6:12 insiste en que “…no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”.

La pereza produce flojera y apatía. “El indolente ni aun asará lo que ha cazado; pero haber precioso del hombre es la diligencia” (Proverbios 12:27). “También el que es negligente en su trabajo es hermano del hombre disipador” (Proverbios 18:9).

La pereza conduce a la pobreza. “La mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes enriquece” (Proverbios 10:4) “No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos, y te saciarás de pan” (Proverbios 20:13).

La gente perezosa siempre se escuda tras las excusas, pero la Biblia nos enseña que tenemos que vencer los obstáculos, en vez de permitir que estos nos venzan a nosotros. “El perezoso no ara a causa del invierno; pedirá, pues, en la siega, y no hallará” (Proverbios 20:4).

La pereza es un pecado de omisión, no un pecado de comisión. Debido a que ésta tiene que ver con algo que no estamos haciendo, su efecto nos alcanzará -más tarde o más temprano -. Pero Dios nos dice que observemos los resultados de la pereza, y que nos cuidemos de evitar sus resultados: “Pasé junto al campo del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían ya cubierto su faz, y su cerca de piedra estaba ya destruida. Miré, y lo puse en mi corazón; lo vi, y tomé consejo” (Proverbios 24:30-32).

Aunque yo advierto contra los peligros de “vivir por fe” cuando en realidad se está viviendo “por presunción”, hay quienes sí han sido llamados por Dios a dedicarse totalmente a la obra del Señor sin recibir un salario. Ya hemos discutido el hecho de que algunos ministros han sido llamados a vivir de esa forma; también incluiría entre esas personas así llamadas a la mayoría de las amas de casa. Como cualquiera de ellas podrá decirle, atender una casa y hacerse cargo de los niños ¡es un trabajo de tiempo completo! Aun cuando hay algunos en la actualidad que no valoran el papel del ama de casa, Dios sí entiende la importancia de esa vocación. El Señor nos ha dado a cada uno de nosotros ciertos talentos o dones, y El espera que incrementemos esos dones y que multipliquemos su eficacia. “Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor… Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí …” (Mateo 25:18, 26).
El Señor nos llama a que seamos sus atalayas diligentes.
Nos advierte de la insensatez de ser de otra manera. “Sus atalayas son ciegos, todos ellos ignorantes; todos ellos perros mudos, no pueden ladrar; soñolientos, echados, aman el dormir” (Isaías 56: 10).

El ocio y la pereza son las marcas del holgazán espiritual. El Señor desea ver en nuestra vida las cualidades espirituales del fervor espiritual, la persistencia y la completa dedicación. Tenemos que evitar la ociosidad y la pereza tanto en los asuntos espirituales como en el trabajo o el negocio. “Por la pereza se cae la techumbre, y por la flojedad de las manos se llueve la casa” (Eclesiastés 10:18).

“Todo 10 que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”, escribió Salomón en Eclesiastés 9: 10. Si posee usted buena salud y su vida sigue las normas de la Palabra de Dios, de seguro el trabajo duro y la persistencia producirán prosperidad. He aquí lo que el doctor E. W. Kenyon escribió acerca de estas importantes cualidades:
“¿Cómo pudo usted hacerlo? ¿No comprendo cómo puede alguien hacer algo así?” Nos encontrábamos en una tienda de artesanía. En la mesa había todo un ejército de pequeñas figuras de madera talladas a mano. ¡Las horas que habrán tenido que haber empleado en ellas!

Un amigo mío se detuvo frente a las figuras, y contemplándolas preguntó: “¿Cómo pudo usted hacerlas?” El hombre contestó sonriendo: “Seguí haciéndolas hasta terminarlas.”
Continué caminando calle abajo y aquellas palabras seguían resonando en mis oídos: “Seguí haciéndolas hasta terminarlas. Seguí haciéndolas hasta terminarlas. Seguí haciéndolas hasta terminarlas.” ¡Cómo sonaban dentro de mi alma! Aquel hombre había “seguido… hasta terminarlas”. Les había dedicado parte de su vida. Había alcanzado el éxito.

La gente procedente de todas partes del país acudían a ver las obras de ese genio que había cultivado la talla en madera y se había perfeccionado en ella.

Todo lo que ese hombre había hecho era adiestrar su mente y sus manos, para luego tallar sus sueños en madera, piedra y marfil.
Me emocioné mucho pensando en el talento latente que poseíamos las personas comunes y corrientes como usted y yo.

En otra ocasión oí a una muchacha tocar el piano. Ella no tendría más de dieciséis años de edad. Conozco algo de música, pues tuvimos un departamento de música en nuestra institución por muchos años. Observé su rostro y le dije mentalmente:
“Señorita, has dedicado incontables horas a golpear las teclas del piano mientras otras muchachas paseaban por la calle. Cuando otras dormían y sus madres trataban de sacarlas de la cama tú estabas golpeando las teclas. ¡Te habrás perdido un montón de cosas buenas, pero qué gran pianista has llegado a ser!”

Ella también siguió haciéndolo hasta terminar. Es por eso que ganó el certamen.
Una vez me hallaba junto a un hombre observando desde un plano más alto una bella granja en el norte del estado de Maine. Le pregunté:
-¿Quién desmontó ese terreno? ¿Quién sacó las raíces de los árboles y lo preparó para que pudiera pasarse el arado?

El respondió:
-¿Ve usted esa casita de troncos allá abajo junto a la barranca? Yo mismo la hice, y mi esposa y yo nos mudamos a ella antes de que hubiera desmontada una besana de ese terreno. Me hice el firme propósito de que desmontaría todo el terreno y que lo prepararía para sembrados, y lo he hecho.”
Ese es el espíritu que conquista. “Me hice el firme propósito de que lo haría, y lo he hecho.”
Una vez me paré en la fábrica, siendo aún muy joven, y me hice el firme propósito de que me haría educador. No sabía yo lo que significaba ser educador, pero sí sabía que dentro de mí existía el don de la enseñanza, algo que necesitaba yo desarrollar.

Me hice el firme propósito de que lo lograría y lo logré. Tenía impedimentos como pocos hombres los han tenido. No obstante, lo logré.

Estoy compartiendo esto con usted para hacerle ver que si usted se propone hacer algo, nadie podrá impedir que lo logre.

Luche usted por mejorar. En cada esfuerzo hará que su sueño avance. Cada vez que toque usted esa pieza en el piano, tóquela mejor que antes.

Cada vez que se siente usted frente a esa máquina de escribir, decídase a que va a ser más eficiente que nunca.

Ponga su cerebro a trabajar. El esfuerzo lo hará sudar, pero haga que su cerebro trabaje. Al hacerlo, éste mejorará. Se desarrollará hasta el punto en que usted se convierta en una maravilla para los que lo rodean.

No dependa de un reloj despertador. No dependa de que su madre lo despierte. Decídase a que usted tendrá el despertador en su alma.

Nunca dependa del automóvil de otro. Obtenga el suyo propio.
Confíe en usted mismo. Sea puntual. Sea diligente. Piense a fondo cada problema. Conquiste sus dificultades como una parte del trabajo del día.
Estamos enfrascados en una pelea y ganaremos la corona.

Leí por primera vez estas palabras del doctor Kenyon cuando tenía yo veintitrés años de edad. Estudié esos principios de la persistencia repetidamente. Sabía que por medio de la gracia de Dios y del trabajo duro podría salir airoso en la obra a la que Dios me había llamado.

Dos años antes, a la edad de veintiún años, el Señor me había hecho un llamamiento definido al ministerio de la radio. Firmé un contrato con una estación y comencé mi propio ministerio radial. Pero nunca había suficiente dinero para permanecer en el aire, de modo que tuve que cancelar mi programa radial. Sin embargo, estaba persuadido de que Dios me había llamado. No me iba yo a dar por vencido. Pasaron los años. Continuaría en la radio durante algunos meses, entonces me tendría que salir cuando “la cosa se ponía dura”. Me resultaba muy difícil obtener fondos para mantenerme en el aire.

Entonces en septiembre de 1961, después de más de diez años de que Dios me hubiera llamado al ministerio radiofónico, supe que había llegado la hora de “[cumplir] el ministerio que [había recibido] en el Señor” (véase Colosenses 4:17). Firmé un contrato con la estación de radio KARI en Birch Bay, Washington, Estados Unidos. En mi corazón yo estaba preparado a “seguir haciéndolo hasta lograrlo”… y tuve éxito en el ministerio radial.

Nueve oyentes me escribieron como resultado de mi primera trasmisión en la estación KARI.

¡Ese fue el comienzo de un ministerio muy fructífero, y nunca he mirado atrás!
Al principio salía por KARI solamente una vez al día, a las 11:00 a.m. Entonces el gerente, el señor Don Bevilacqua, tomó unas vacaciones en las regiones al norte de la Columbia Británica, y recorrió el Yukón, los territorios del Noroeste y el norte de Alberta.
Descubrió que la estación KARI podía escucharse en el norte solamente durante la medianoche.
Entonces habló conmigo:
“Don, algún predicador radial debía ministrar a la gente que escucha durante lá noche, especialmente a los que viven en lugares remotos. Sólo durante la medianoche podemos entraren las zonas del norte del continente.”
Acepté ese reto, y en 1964 comencé a trasmitir cada noche del año a las 2:00 a.m.

Por más de 20 años jamás he fallado una noche de salir al aire a las 2:00 a.m. “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

En mi caso, el cumplimiento de mi ministerio radial no ocurrió de la noche a la mañana. Sólo se logró mediante la oración y la persistencia. Muchas veces lo intenté y fracasé. Comencé a salir al aire en algunas estaciones con gran entusiasmo, sólo para tener que retirarme meses después cuando no recibía los suficientes fondos para cubrir el costo de operación del programa. Pero Dios me ayudó a tener paciencia y determinación. Jamás me daría por vencido.

No importa lo que esté usted buscando del Señor, le animo a que “siga haciéndolo hasta terminar”.

Si usted necesita sanidad para su cuerpo, fundamente su fe en la Palabra de Dios mediante el conocimiento de las promesas que hay en ella para su sanidad. Luego manténgase ejercitando su fe, confesando la Palabra, resistiendo al diablo y alabando al Señor.

En mi trato con muchas personas que han experimentado la sanidad divina, tal actitud de persistir en la fe ha sido grandemente significativa.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que [diligentemente] le buscan” (Hebreos 11:6, énfasis del autor).

Siga ejercitando su fe para obtener el milagro que usted necesita. Dios es galardonador de los que diligentemente le buscan.

Cuando buscaba yo recibir sanidad para el horrible quiste que comenzó a crecerme en la cabeza en 1976, mi esposa Joyce y yo fuimos persistentes en confesar la Palabra de Dios.

Tomamos la decisión de que confesaríamos la Palabra en lugar de hablar del problema.

Recordé que una hermana me había dicho en Portland, Oregón: “Hermano Gossett, el único conocimiento que tengo yo de lo que dice la Biblia acerca de la sanidad divina se resume a las úlceras de Job, los problemas digestivos de Timoteo y la espina de Pablo en la carne.”

A lo cual respondí: “iHermana, en la Biblia hay mucho más que eso en cuanto a la sanidad divina!”

Joyce y yo “seguimos… hasta terminar”, pues nos mantuvimos creyendo y confesando la Palabra sanadora de Dios. Decíamos a menudo: “…[el Señor] bendecirá [nuestro pan y [nuestras] aguas; y [El] quitará toda enfermedad de en medio de [ nosotros].” De esa forma parafraseábamos Exodo 23:25, pues citábamos ese versículo de forma personal.

A pesar de que el quiste seguía creciendo día a día, persistimos en declarar que “El mismo tomó nuestras en Mateo 8:17 e Isafas 53:4.

Dios nos ayudó a mantener con firmeza nuestra confesión sin fluctuar: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23).

Después de días y semanas de “seguir… hasta terminar” la Palabra de Dios prevaleció, y aquel horrible quiste tuvo que someterse a la autoridad de la Palabra. Cuando volaba de regreso a casa, el1 de marzo de 1976, me fui a tocar el quiste y ila mitad de éste cayó al suelo!

Mantuvimos nuestra afirmación persistente de la Palabra de Dios. Desperté en la madrugada del 3 de marzo. Fui a tocarme la cabeza y ya no tenía nada allí. ¡Claro está que la cabeza sí estaba; pero el quiste había desaparecido!

Dios había recompensado nuestra fe. El había cumplido su Palabra. El tumor, cuya extirpación quirúrgica ya estaba programada, fue sanado milagrosamente. Miles han escuchado este testimonio del poder milagroso de Dios en respuesta a la fe persistente.

Cuando comencé el ministerio radial en 1961, el Espíritu Santo me dio el plan de que compartiera mis mensajes radiofónicos en forma impresa. No podía yo darme el lujo de publicar libros, de modo que desarrollé un sistema de tarjetas. En cada una de tales tarjetas, escribía lo más sobresaliente de mis mensajes radiales. La primera fue mi “Lista de nunca jamás”. Fue un rotundo éxito. Con todo, yo me proponía escribir cientos de tarjetas como la mencionada anteriormente; tarjetas que hicieran llegar al cuerpo de Cristo mensajes prácticos en forma condensada.

Confeccioné una lista de los 40 títulos que escribiría. Entonces anuncié por radio los 40 distintos temas impresos en tarjetas e invité a los radioescuchas de mi programa a que los solicitasen.

Recuerdo que un amigo ministro se rió de mí. Me dijo: “Don, ¡nunca imprimirás las cuarenta tarjetas!”

Pero el espíritu de “seguir… hasta terminar” se había apoderado de mí. Me hice el firme propósito de que lo haría y, gracias a Dios, lo hice.

Pero no me conformé con aquellas 40 “Tarjetas de cómo vivir triunfantemente” iniciales. Persistí hasta que hubo 100 “Tarjetas de cómo vivir triunfantemente”. A lo largo de estos años Dios nos ha permitido publicar varios millones de estas tarjetas en diversas lenguas.

Posteriormente escribí 100 “Tarjetas de confianza”. Y, al escribir estas líneas, ya casi he completando las 100 “Tarjetas de alabanza”, y sigo trabajando en las 100 “Tarjetas de fe”.

¿Tiene usted seres queridos inconversos que desea ganar para Cristo? Entonces “siga… hasta terminar”, hasta que Dios lo utilice para ganar a sus seres amados para nuestro Salvador. Usted puede hacerlo. No obstante, requerirá de su parte mucha persistencia en la fe y la acción.

Como ya usted sabe, nací y me crié un hogar no cristiano. Acepté a Jesús como mi Señor y Salvador a la edad de doce años. Mientras fui pasivo en mi fe acerca de la salvación de mi familia, nunca me preocupé de ganarlos para el Señor. Cuando cumplí los dieciocho años, me di cabal cuenta de su condición perdida, y de cuál sería el resultado si morían en sus pecados.

Una tarde, cuando oraba fervientemente en un pastizal, tuve un encuentro con Dios. Me dio la seguridad de que si yo persistía testificándole a mi familia, pronto los vería a todos salvados. Gracias a Dios porque ese espíritu de “seguir… hasta terminar” fue eficaz. Al cabo de pocos meses toda mi familia inmediata había nacido de nuevo, pues uno a uno recibieron a Cristo.

Dios le dará a usted la sabiduría del ganador de almas, con la cual sabrá cómo influir en sus seres queridos para guiarlos al Señor. Sea activo en su fe en lugar de ser pasivo. “Siga… hasta terminar”, hasta que todos ellos entren en el redil del Padre.
Receta para la acción

Mantenga su moral en alto mediante una actitud de gratitud.

Identifique su problema: Pídale a Dios que le muestre si hay algo que está usted haciendo que ocasiona sus dificultades económicas. Quizá entonces Elle muestre algo en la esfera de lo natural. Puede que lo que origine sus problemas sea la manera en que usted administra el dinero que gana. O quizá le muestre algo en la esfera de lo espiritual -tal como que no está usted diezmando-y sea precisamente eso lo que esté impidiendo su prosperidad material.

Sea diligente: Propóngase que “seguirá… hasta terminar”, no importa el esfuerzo que ello implique. “Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno” (Eclesiastés 11:6). No olvide que Dios espera que seamos diligentes en todo lo que hagamos, tanto en nuestro empleo secular como en nuestra labor para El.

Dios ha prometido que bendecirá al diligente

Puede ser que haya usted tenido experiencias de trabajo tan negativas que se pregunte de qué le servirá intentarlo de nuevo. Pero su empleador (o empleador potencial) no constituye la fuente de su prosperidad: Dios es la fuente. Y El promete que (‘el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Efesios 6:8). He aquí algunos textos bíblicos relacionados con la diligencia que le darán ánimo en su empeño:
“La mano de los diligentes señoreará; mas la negligencia será tributaria” (Proverbios 12:24).
“En toda labor hay fruto; mas las vanas palabras de los labios empobrecen” (Proverbios 14:23).
“Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza” (Proverbios 21:5).
“¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de reyes estará; no estará delante de los de baja condición” (Proverbios 22:29).
“El que labra la tierra se saciará de pan; mas el que sigue a los ociosos se llenará de pobreza” (Proverbios 28:19).
“El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos; pero la riqueza del pecador está guardada para el justo” (Proverbios 13:22).
“El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28).

 

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