Cómo triunfar sobre la enfermedad

“Si se tratara de mi esposa, Reverendo Gossett, ¡nunca le permitiría viajar a un país subdesarrollado como la India!”

Esas habían sido las palabras de un médico especialista de la Ciudad de la Fe, en Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos. Acababa él de hacerle un minucioso examen a mi esposa Joyce, quien padecía de un severo problema de hemorroides, lo cual le había estado ocasionando muchos dolores.

Eso fue en diciembre de 1982, justamente seis semanas antes del viaje que teníamos programado a la India para dar una serie de campañas. Sopesamos mucho el consejo del especialista y consideramos seriamente la posibilidad de que Joyce se sometiera a una intervención quirúrgica para curar su crítico problema de hemorroides.

Mientras empleábamos el resto de ese día para tomar nuestra decisión, un pensamiento determinante fue que sólo faltaban unos días para la Navidad, y permanecer allí significaría que Joyce perdería la ocasión de estar en casa para pasar la fiesta con el resto de la familia.

Informamos al médico de nuestra decisión de marcharnos, y salimos de Tulsa para tomar un avión hacia nuestro hogar en el oeste.

Joyce continuó sufriendo mucho debido a su padecimiento interno. Pero llegó la fecha de salir para la India, ya nosotros habíamos decidido, después de mucha oración, dar un atrevido “paso de fe?… Joyce me acompañaría a ese país.

¡Fue en la India que el poder de Dios se manifestó milagrosamente y el Señor sanó completamente a Joyce! ¡Gloria a Dios, ese fue el fin de su padecimiento de hemorroides!

El milagro ocurrió en enero de 1983. Posteriormente ese mismo año, regresamos a Tulsa para someternos a un examen de salud que Oral Roberts nos invitaba a hacernos todos los años.

¡Cuánto se alegró ese mismo especialista cuando, al examinar a Joyce de nuevo, comprobó que el Señor la había sanado completamente!

Cuando yo paso revista en mi “diario quinquenal” a los años recién pasados, leo el registro de muchas noches en las cuales permanecí despierto mientras Joyce experimentaba el tormento que sufren los que tienen la condena de padecer de hemorroides. ¡Gracias a Dios por la victoria?! ¡Joyce no ha vuelto a sufrir ni un solo día ni una sola noche desde su sanidad en la India en enero de 1983!

Una hermana de Sydney, Columbia Británica, Canadá nos escribió lo siguiente: “Estaba yo tan enferma que casi no podía orar. Satanás me estaba atacando durante el período en que yo aprendía a alabar al Señor. Me acosté y decidí pasarme toda la noche alabando a Dios, y así lo hice. Toda la noche me la pasé diciendo: ‘Alabad a Jehová porque es bueno, porque para siempre es su misericordia’ Al amanecer todavía estaba alabando al Señor, y el terrible dolor de cabeza y otros achaques de mi cuerpo habían desaparecido todos. Me sentí como nueva cuando me levanté. Gracias sean dadas a nuestro poderoso Dios que mora en medio de nuestras alabanzas.”

Una mujer de Montserrat, Antillas Menores, nos escribió: “Cuando leí su libro, El poder de la alabanza, comencé a alabar a Dios por mi sanidad, por fe. Y el Señor me sanó completamente. Fue una verdadera respuesta a la oración y la alabanza.”

La sanidad divina es un regalo de Dios. Siempre lo ha sido; no se trata de algo que se gane o se merezca. En 1 Corintios 12 se nos informa que los “dones de sanidad” forman parte de los nueve dones del Espíritu Santo. Dios ha puesto los dones de sanidad en la iglesia, y nadie podrá quitárselos jamás.

La sanidad le pertenece a usted debido a la provisión de Jesucristo. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Es por tanto bíblico decir: “Fui sanado hace más de 1.900 años.” La sanidad divina es una obra terminada. Es un hecho cumplido. Jesús ha pagado ya por ella.

La sanidad es un regalo que sólo puede apropiarse por fe. Jesús frecuentemente dijo a los que ministraba: “Tu fe te ha sanado.” Es la fe la que ministra la sanidad, y la alabanza es el idioma de la fe.

Algunos de los errores que la gente comete cuando procura la sanidad divina son:
(1) Poner la sanidad en el futuro Jesucristo ya lo ha sanado. Por medio de la fe puede usted ahora apropiarse de esa sanidad.

(2) Rogarle a Dios repetidamente que lo haga. Dios desea que tenga salud. No importa que sufra usted de un merecido caso de SIDA: 2 Crónicas 20:9 dice: “Si mal viniere sobre nosotros, o espada de castigo, o pestilencia, o hambre, nos presentaremos delante de esta casa, y delante de ti (porque tu nombre está en esta casa), y a causa de nuestras tribulaciones clamaremos a ti, y tú nos oirás y salvarás.” Dios es un Dios “quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Salmo 103:3).Elle dice a usted en 3 Juan 2: ?Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud así como prosperidad tu alma.? Rogarle a Dios que lo sane cuando El ya ha prometido hacerlo es sólo un síntoma de falta de fe.

(3) Tratar de obtener suficiente fe es otro error común. Romanos 12:3 revela que “Dios repartió a cada uno” “conforme a la medida de la fe”, y Jesús dijo que ?? si tuvieras fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasara; y nada os será imposible.? Mateo (17:20). Si usted es un creyente nacido de nuevo, ya tiene toda la fe que se requiere. ¡Todo lo que necesita: hacer ahora es utilizarla!

(4) Ayunar durante mucho tiempo puede ser también un error, deP7ndiendo de la razón por la cual se esté ayunando. La sanidad en un regalo. Dios no nos sana porque merezcamos ser sanados, de la misma manera que no nos salva porque merezcamos serlo. No podemos “ganar” los regalos de Dios mediante el ayuno.

La sanidad es simplemente una cuestión de creer la Palabra de Dios, aceptarla, aplicarla a su necesidad y ponerla por obra. Siempre tenemos que recordar que se ha hecho provisión para la salvación y la sanidad. Ya nos pertenecen: Por tanto, no tenemos que suplicarle a Dios por ellas. Recibimos esos regalos por fe. No trae ningún beneficio suplicarle a Dios que haga algo que sepamos, con claridad, que El ya ha hecho. Jesús fue herido una vez y para siempre: El no tiene que sufrir ese castigo de nuevo. Es una obra terminada, ?y por sus llagas fuimos curados (Isaías 53:5).

No tiene usted por qué decir: “No me siento diferente.” Jesús no dijo “de acuerdo a tus sentimientos”, sino “de acuerdo a tu fe”.

No tiene usted por qué decir: “Sé que El tiene poder para hacerlo, pero…” El tiene todo poder para sanarlo, de acuerdo con el poder que obra en usted. Diga estas palabras: “Por su poder que obra en mí está sanándome ahora mismo.”

No tiene usted por qué decir: “Tengo la esperanza de que voy a ser sanado.” La esperanza es una cosa bella cuando se está hablando del cielo o de la segunda venida de Cristo. Pero la esperanza es algo que siempre está en tiempo futuro. La fe es algo del presente, del ahora. El “esperanzado” casi siempre termina fracasado. El “creyente”, por otra parte, obtiene la victoria. ¡Declare: “Señor, yo creo!? No tiene usted por qué decir: “La enfermedad que sufro es un mal mortal.” En lugar de exaltar a su enfermedad, honre el nombre más grande que haya sido pronunciado jamás, el nombre de Jesús. Ejercite la autoridad de ese nombre. El nombre de Jesús tiene poder para obrar milagros.

N o tiene usted por qué decir: “N o es la voluntad de Dios que sea yo sanado.” En ninguna parte de la Biblia se indica que no sea la voluntad de Dios sanar a todos. Aquellas personas que dicen que no es la voluntad de Dios sanarlos son generalmente las mismas que emplean todos los recursos naturales que conocen para recuperar la salud. Si Dios no quiere que ellos sanen, ¿por qué se consultan con el médico? ¿Por qué toman medicinas? No, la voluntad de Dios es la Palabra de Dios. Su Palabra revela claramente: ?yo soy Jehová tu sanador? (Éxodo 15:26).

No tiene usted por qué decir: “Estoy sufriendo para la gloria de Dios.” Dios será glorificado más con su sanidad.

Muchas veces en las Escrituras leemos, después del recuento de una sanidad, esta declaración: “Y glorificaban a Dios.”

No tiene usted por qué decir: “Yo soy una persona sincera y veraz, y nunca diré: ‘Por sus llagas he sido curado’, hasta que no esté completamente seguro de que he sido sanado.” Pero ¿qué es la verdad? De acuerdo con las Escrituras: “Tu palabra es verdad.” Diga usted lo que dice la Palabra: “Por sus llagas [he sido curado].”

No les dé a los demás muchos detalles de su enfermedad. Eso haría, claro está, que le tuvieran lástima y le prestasen atención. . . pero no contribuiría en nada a su sanidad. Hacerlo no sólo contribuiría a aumentar su propio desaliento, sino que también desanimaría a otras personas que pudieran necesitar confiar en Dios para la propia sanidad de ellas.

No diga: “Cuando se trata de la sanidad, yo soy tan incrédulo como Santo Tomás. Tengo que ver antes de poder creer. También evite declaraciones tales como “Es difícil poder creer que Dios obre en la actualidad” o “Tengo muy poca fe. Yo he tratado de confiar en Dios, pero a mí nunca me ha dado resultado”.

No diga: “Tengo que ser como el apóstol Pablo. Necesito tener un aguijón en la carne. Pablo oró tres veces para que este le fuera quitado, pero su petición le fue denegada. Por tanto, mi enfermedad tiene que ser mi aguijón en la carne.” En ninguna parte de la Biblia nos dice que el aguijón de Pablo en la carne fuera ninguna enfermedad. Más bien, se trataba de un mensajero de Satanás enviado para abofetearlo debido a la abundancia de la revelación que Dios le había dado a él.

Usted tiene derecho a ser sanado. Pero no porque haya hecho algo para merecerlo. Por tanto, no diga: “¡Tengo derecho a ser sanado porque he sufrido mucho!” Usted tiene derecho a ser sanado, No sobre la base de su propio sufrimiento sino sobre la base” del sufrimiento de Jesús. ?El mismo llevo nuestras enfermedades, y nuestras dolencias’, (Mateo 8:17).

No diga: ”Tengo derecho a ser sanado porque he sido una persona sincera y buena.” No es su propia bondad o sinceridad lo que constituye la base de su sanidad. Solo la sangre de Jesús constituye su derecho para ser sanado.

No diga “Tengo derecho a ser sanado porque he asistido fielmente a la iglesia y a la escuela dominical.” Para recibir la sanidad tiene usted que depender totalmente de los méritos de Jesucristo y no de nada de lo que usted haya hecho, no importa cuán bueno esto haya sido.

No diga: “Tengo derecho a ser sanado por cuanto es muy grande la necesidad de mi familia.” Si esa fuera la base para la sanidad no existiría tal cosa como un huérfano. Sí, su familia lo necesita a usted; pero Dios ha prometido sanarlo independientemente de si lo necesita o no, si solamente cree. Para recibir sanidad tiene usted que depender completamente de la mediación de Jesucristo, sabiendo que El ha provisto sanidad ofreciéndose a sí mismo en lugar nuestro.

No diga: “Necesito ser sanado para poder trabajar para el Señor.” Dios es capaz de levantar a muchos obreros. El único reclamo que puede usted hacer en cuanto a su sanidad es que Jesucristo murió para proveérsela. Sólo la sangre de Jesús lo hace apto para recibirla. Usted ha sido “[hecho cercano] por la sangre de Jesucristo” (Efesios 2:13).

Sí, usted tiene pleno derecho a ser sanado. Pero la única base para ese derecho la constituye el sacrificio vicario de Cristo mismo.

En el curso de los años hemos vistos a incontables multitudes sanadas por el poder de Dios. He aquí algunos testimonios más:

Una mujer de Antigua, Antillas Menores, nos escribe: “Yo me siento cerca del radio cuando está usted en el aire y soy bendecida y refrescada espiritualmente por medio de sus palabras. Solicitamos un paño de oración conforme a Hechos 19:11, 12: ‘Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían.’ Yo sé que el Dios de Pablo es también nuestro Dios hoy. Coloqué el paño de oración en mi cuerpo como mi punto de contacto para recibir un milagro. Me complazco en informarles que el dolor ha desaparecido por c6mpleto. Mi marido entonces le llevó el paño de oración a una señora que ama a Dios pero que ha estado muy enferma. No nos lo devolvió sino que se quedó con él, y ahora está levantada y alaba al Señor por su bondad hacia todos nosotros.”

Un hombre de Nevis, Antillas Menores, nos escribe: “Gracias por el ánimo que usted nos imparte. Es de mucho gozo poder escuchar su programa radial dos veces al día. Me gustó especialmente su mensaje sobre la sanidad divina. Yo reclamé mi sanidad empleando las palabras: ‘Soy sanado por las heridas de Cristo.’ El Señor me sanó por completo. ¡Gloria a su nombre!”

Una señora de Balmoral, Manitoba, Canadá, nos escribe: “Fui salvada y sanada en la sala de mi casa escuchándolo a usted por radio. Había estado padeciendo de un malestar en la pierna derecha que me impedía levantarme de la cama o vestirme por mí misma. Un día encendí el radio y usted comenzaba justamente su sermón. Lo dejé encendido para ver de qué se trataba, y créame, me alegro de haberlo hecho. Puse mi mano sobre el radio cuando usted oró por los enfermos, y la maravillosa mano de Jesús me tocó, y fui sanada instantáneamente. Esa noche apagué la lámpara de calor y me quedé dormida sin dolor, y dormí bien. Al siguiente día pude levantarme después de haberme visto obligada a pasar once meses encama. Fue maravilloso poder levantarme y caminar. Ahora lo escucho todos los días y nunca me pierdo ninguno de sus programas.”

He aquí la carta de un matrimonio de Terrace, Columbia Británica, Canadá: “Queremos decirle cuán maravilloso el Señor ha sido con nosotros. Asistimos a la reunión que usted celebró en la ciudad de Vancouver. Fue poco tiempo después de haber nosotros llevado a nuestra hijita a un especialista de la vista en Victoria. Este nos había informado que ella estaba a punto de perder la visión. Ese día fuimos los primeros en llegar a la fila de oración. La manera en que el Señor lo guió a usted a orar por nuestra hijita, sin que le hubiéramos dicho nada de su problema, fue algo maravilloso. En ese mismo instante supimos que ella había sido sanada, ¡Gloria a Dios! Un mes después la llevamos de nuevo al especialista, y este nos informó que sus ojos habían tenido una mejoría de cien por ciento. Le damos a Dios toda la gloria.”

Receta para la acción

Para recibir su sanidad ahora mismo:
1. Cierre los ojos y visualice a Cristo sufriendo el dolor de sus heridas por usted. El sufrió en su lugar.
2. Crea en su corazón que usted fue sanado hace más de
1.900 años.
3. Confiese esa realidad y tome posesión de su sanidad.
4. Ya que ha sido sanado? ¡actúe como tal!

Dios lo necesita a usted saludable
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye”, escribió Juan: “Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14, 15). ¿Es la voluntad de Dios sanarlo? La Biblia enseña claramente que sí lo es. Por tanto, si usted pide que lo sane, El lo oye? y una vez que usted sabe que El lo oye, ¡sabe que El ha respondido que sí a su petición!

“Y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26).

“Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti” (Éxodo 23:25).

“Y quitará Jehová de ti toda enfermedad; y todas las malas plagas de Egipto, que tú conoces, no las pondrá sobre ti, antes las pondrá sobre todos los que te aborrecieren” (Deuteronomio 7:15).

“El te librará del lazo del cazador, de la peste destructora… No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya… Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación” (Salmo 91:3, 5,6, 14-16).

“Bendice alma mía a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficio. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Salmo 103:2,3).

“Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina” (Salmo 107:29).

“Hijo mío, está atento a mis palabras…, porque son vida a los que la hallan y medicina a todo su cuerpo (Proverbios 4:20, 22).

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia” (Isaías 58:8).

“Mas yo haré venir sanidad para ti, y sanaré tus heridas, dice Jehová; porque desechada te llamaron, diciendo: Esta es Sion, de la que nadie se acuerda” (Jeremías 30:17).

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas” (Marcos 16:17, 18).

“Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y -por los siglos” (Hebreos 13:8).

“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14, 15).

 

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