Cómo empecé a triunfar en la vida

Tomado del libro ?Como triunfar en la vida? de Don Gossett

La mayor parte de mi vida ha sido una lucha en la cual he tenido que enfrentarme a las más difíciles circunstancias. En los primeros tiempos de mi vida cristiana aprendí de memoria estas palabras: ?todo lo puedo en Cristo que me fortalece? (Filipenses 4:13). Esas ocho palabras se han convertido en el lema de mi vida, dándome la capacidad de hacer frente a situaciones aparentemente imposibles.

En primer lugar estaba mi serio esfuerzo por triunfar sobre el alcoholismo de mi padre. Roberto Edward Gossett era esencialmente un hombre bueno y trabajador que amaba a su familia. No obstante, su amor por la botella provocaba más problemas a la familia que lo que su sobriedad pudiera compensar. Mis primeros recuerdos son los de un padre bebedor y los grandes sufrimientos que ello ocasionaba a mi madre, mi hermana, mi hermano y a mí mismo.

Pocos días antes de escribir estas líneas regresé a mi pueblo natal, en el cual mi padre había sido notorio debido a su estilo de vida. En mi búsqueda de “algo mejor” de lo que mi padre y mi familia habían experimentado, yo había buscado a Jesucristo ya la edad de doce años había aceptado la salvación que El ofrece. Las dificultades por las que tuve que pasar en mi hogar habían quebrantado mi espíritu, y aun hoy puedo recordar cuán difícil había sido para un tímido muchacho de doce años tener que enfrentarse a la afrenta de ser “el hijo de Roberto Gossett” a la vez que trataba de mantener mi testimonio como cristiano evangélico.

Al cumplir los trece años decidí que lo mejor que podía yo hacer era seguir de cerca al Señor. Había escuchado a la gente hablar acerca del bautismo en agua y de hacerse miembro de la iglesia. Debido a que yo no había recibido ninguna instrucción religiosa en el hogar no tenía la menor idea de lo que significaban esos dos pasos; con todo, estaba ansioso por experimentar cualquier cosa que me ayudara a alcanzar mi meta de ser un creyente consagrado.

La única persona de cierta autoridad que yo conocía de la iglesia era un diácono llamado Jess Drake. Por eso acudí un domingo por la noche al referido señor Drake.

“Señor Drake -le dije con cierta vacilación -, quisiera bautizarme. No entiendo todo lo que eso significa pero me gustaría bautizarme. Además, he oído hablar acerca de hacerse miembro de la iglesia… ¿cómo podría yo hacerme miembro?”

No había sido fácil para mí formular esas importantes preguntas. Pero ya las había hecho y ahora aguardaba que el señor Drake me las contestara.

El señor Drake me miró fijamente durante algún tiempo sin responder palabra. Cuanto más se tardaba en contestarme, tanto más abrumado me sentía en cuanto a todo este asunto. Después de todo, nunca antes había habido un Gossett evangélico; así que todo ese asunto era para mí terreno completamente desconocido.

Finalmente el señor Drake rompió el silencio y me dijo: “Donald, acompáñame: te voy a llevar a hablar con el pastor.”
“Pastor Ramey, este es Donald Gossett. Su padre es el propietario del salón de billar de la calle Main. Sus padres también son los dueños del Café Highway, esa taberna ubicada en la carretera. ¡Ah, sí, y su padre también tiene un salón de juegos de azar allá abajo, en la avenida South Broadway!

A mí casi me da por gritar en mi propia defensa: “¡Por favor, por favor, don Drake, no le diga al Pastor Ramey quién es mi padre, ni cómo se gana él la vida! Yo estoy tratando de escapar de esa clase de vida.”

Aunque, en realidad, todo el tiempo que pasó el diácono presentándome, había estado yo con la cabeza gacha, avergonzado. Me sentía apenado y abochornado por lo que había dicho el señor Drake. Yo no estaba orgulloso de la vida pecaminosa de mi padre. En realidad la odiaba. Tenía la esperanza de que identificarme con una institución como la iglesia serviría para borrar algo del estigma que sentía en mi vida por causa de ser “el hijo de Robert Gossett”.

El pastor se dio cuenta de mi evidente bochorno. Me puso la mano en el hombro para impartirme seguridad y me miró a los ojos. “Donald -me dijo -, voy a presentar tu solicitud de ser bautizado en agua y de hacerte miembro a la junta oficial de la iglesia. Ya te comunicaremos la respuesta.”

Pensé que no me admitirían. Al pasar en mi automóvil frente a esa misma iglesia bautista pocos días antes de escribir estas líneas pude visualizar en mi memoria aquella noche inolvidable. Abochornado y sin ninguna esperanza salí rápidamente de la iglesia.

Aquella noche de verano hace tantos años la pasé caminando por las calles, pensando acerca de la afrenta que yo llevaba. Contuve mis lágrimas de desánimo y desesperanza. Sentía que yo había sido catalogado como un miembro del “bajo mundo” debido al alcoholismo de mi padre y a su actividad en negocios mundanos.

“Oh, Señor -oraba yo -, te necesito en mi vida. Sé que no me van a aceptar. Yo no quería que el pastor supiera quién era mi padre. Quería escapar de esa realidad, pero no me fue posible. Está bien, Señor, yo no soy lo suficientemente bueno como para pertenecer a una iglesia, así que no voy a intentar de nuevo. Te amo, Señor, y quiero que Tú seas mi Salvador. Pero… sencillamente no puedo volver a entrar en esa iglesia otra vez.”

Más tarde pude darme cuenta de que mi forma de pensar no había sido muy madura. Pero en aquel entonces sólo tenía trece años de edad y me encontraba totalmente influido por una timidez tal que me era muy difícil enfrentarme a la vida. Continúe caminando toda aquella noche, dirigiéndome hacia mi casa con un solo pensamiento: “Debido a que mi apellido es ‘Gossett’ los evangélicos no me quieren. Tengo que aceptar la realidad de que soy el hijo de Robert Gossett. Tendré que seguir viviendo tal como soy.”

Me sentí muy triste y abatido cuando comprendí que, hasta donde podía yo saber, se me había excluido de la compañía de los evangélicos y de sus servicios religiosos. Fue una noche horrible para mí. Pensé que nunca más podría visitar de nuevo la iglesia… ¡nunca más!

Pasaron varios domingos y no visité la iglesia, aun cuando mi alma ansiaba gozar de ese privilegio. Las semanas se convirtieron en meses y los meses en años. Pasaron dos largos años, por cierto, antes de que volviera yo a entrar en una iglesia de nuevo.

Cuando ya había cumplido los quince años se celebró en mi escuela de enseñanza superior una semana de “énfasis religioso”. Todas las mañanas, durante una hora, un pastor bautista procedente de otra ciudad le hablaba al cuerpo estudiantil en pleno. Yo estaba tan deseoso de escuchar sus conferencias que me desesperaba porque llegara la hora señalada para su comienzo. Todavía en mi interior había una gran hambre por conocer acerca del evangelio y de Jesucristo. Aquellas reuniones sirvieron para abrir aun más mi apetito por las cosas espirituales.

Cuando oí al conferenciante anunciar que predicaría ese fin de semana en la misma iglesia bautista en la que había yo estado dos años antes, decidí que cambiaría mi decisión y entraría en la iglesia. Para mi joven vida esa fue una decisión histórica. ¡Nunca más volvería a ser la misma persona de nuevo!

Para sorpresa mía, descubrí que yo sí era bienvenido en la iglesia. Todos fueron muy amables. Supe entonces que me había estado perdiendo un hermoso tiempo de comunión cristiana con los demás creyentes. Poco tiempo después triunfaba yo sobre aquella experiencia traumatizante de mi niñez al ser bautizado en agua y hacerme miembro de aquella magnífica iglesia. “Todo lo puedo en Cristo.”

El aprendizaje de cómo hacer frente al problema de alcoholismo de mi padre llegó a un clímax casi trágico el verano en que cumplí los dieciséis años. Una vez más comenzó con una de aquellas orgías de borrachera que tan profundamente habían afectado nuestra vida.

Esa vez mi padre se había ausentado de la casa por un par de días, en compañía de su hermano y de dos mujeres. Como las malas noticias viajan rápido, pronto se supo dónde estaba mi padre y qué estaba haciendo.

Mi madre -que era una persona buena y moral-sabía que no podía confiar en él cuando se marchaba de la casa. Ella conocía demasiado bien la debilidad de mi padre por la bebida y las mujeres; eso había sido el martirio de ella toda su vida de casados. No obstante, se sintió devastada cuando se enteró de esta última de las “escapadas” de mi padre.

Puedo recordar con vividez la escena Cuando mi padre _ como a las tres de la tarde -finalmente regresó a casa una vez concluido su bacanal. Todavía estaba borracho cuando entró en la casa.

“¿Dónde has estado? -le gritó mi madre-o ¿y con quién? ¿Qué estabas haciendo?”
Mi padre, a propósito, se hizo el sordo. El sólo tenía un deseo: pasar su borrachera durmiendo. Frustrada por la negativa de mi padre de hablar con ella, mi madre le gritó más fuertemente. El salió al portal, en el que había un gran columpio. Se acostó en este y se quedó dormido casi instantáneamente.

Mi madre trató de despertarlo, sacudiéndolo, para que contestara sus preguntas. Pero ya para ese entonces él estaba inconsciente.

Mi pobre madre se puso furiosa. ¡Ella quería una explicación de sus actividades, y lo único que había obtenido era el desmayo de un borracho! Desesperada, decidió que no se iba a conformar con la falta de comunicación de él, y rápidamente fue a la nevera y sacó una jarra de agua helada. Corrió al portal de nuevo y le echó por la cara el agua helada a modo de venganza.

No hace falta decirlo: mi padre se despertó sobresaltado. Ahora se encontraba bien despierto, borracho y furioso.

Entró apresuradamente en la casa -sacudiendo la cabeza para quitarse el agua -y fue corriendo a su habitación. Agarró su rifle calibre .22 favorito (que siempre mantenía cargado). Como un toro furioso entró en el cuarto contiguo, en el cual se encontraba mi madre. Alzó el rifle y apuntó hacia mi madre. Estaba a punto de halar el gatillo cuando yo entré corriendo en la habitación, siendo testigo de esa horrible escena.

Mi padre estaba allí de pie vituperando incesantemente a mi madre. “Ahora sí que voy a acabar contigo -la amenazó-. Te voy a matar.”

Me di cuenta de que yo tenía que actuar con rapidez si quería salvarle la vida a mi madre. De un golpe le saqué de la mano el arma a mi padre, haciendo que ésta cayera al piso. Entonces ambos nos abalanzamos al mismo tiempo a recogerla. Puesto que yo era más joven -y además no estaba borracho -llegué primero, impidiendo que él agarrara el rifle, y se lo alcancé a un primo mío que acababa de entrar en la habitación.

“Vete corriendo al bosque -le dije -. Y no regreses hasta que yo no vaya a buscarte.”

Además de todo lo que ya he contado acerca de mi padre, él también tenía fama de ser buen peleador. El se las daba de “valentón” en su taberna y en su salón de billar. Fue entonces como una pesadilla cuando me di cuenta de que mi padre se volvía hacia mí… para pelear conmigo. Estando sobrio, mi padre nunca hubiera peleado con su propio hijo. Pero enloquecido por el “demonio de la bebida” él se hallaba violentamente enfurecido; tanto como para matar a mi madre, y suficientemente furioso como para transferir su ira hacia mí por haber impedido que lo hiciera.
Por un instante me vi tentado a atemorizarme. Entonces me dije a mí mismo: ?Todo lo puedo en Cristo que me fortalece?, y me di media vuelta para enfrentarme a mi padre. El me lanzó dos golpes con furia, pero los pude esquivar. Uno de los brazos de mi padre era artificial, hecho de acero y cuero. ¡Un solo golpe de ese brazo de acero había puesto fuera de combate a más de un contrincante!

Yo estaba bastante fuerte para mi edad (dieciséis años) debido a mi participación en los deportes de la escuela superior. Había estudiado lucha libre, así que decidí ponerle una llave a mi padre como único modo de vencerlo. Lo atenacé por el cuello y luego me eché al suelo sin soltarlo. Utilizando toda la fuerza que pude sacar, logré inmovilizarlo por completo.

Al darse mi padre por vencido recuperó el dominio propio. Su mirada perdió el destello de furia, y las cosas volvieron a su normalidad en nuestro atribulado hogar. Lo fui soltando poco a poco, y entonces pudimos miramos frente a frente.

Aun cuando mi padre en realidad no me felicitó por mi hazaña, sí dijo en tono de admiración: “Ya eres todo un hombre, ¿verdad, hijo?”

Mis padres comenzaron entonces a hablar más calmada y civilizadamente. Ambos se asustaron al darse cuenta de cuán cerca habían estado de provocar una tragedia en nuestro hogar.

Este suceso sirvió para que yo comprendiera que Filipenses 4:13 (“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”) era algo más que un lema. Era una promesa de Dios que había pasado la prueba cuando yo la había necesitado. Aprendí que mientras dependiera del Cristo sobrenatural que habita interiormente en mi vida, podría hacerle frente a todo lo que se me interpusiera en el camino.

Estoy muy agradecido de que dos años después del incidente que acabo de relatar Dios me utilizó para guiar a toda mi familia -incluso a mi padre -a un conocimiento salvador del Señor Jesucristo. ¡Mi padre fue liberado de su vicio de licor! ¡Cristo vino a residir en el hogar de los Gossett! Ya nunca más el apellido Gossett sería sinónimo de pecado y degradación. ¡Jesucristo se había convertido en el Amo y Señor de la familia Gossett!

Receta para la acción
No importa cuál sea la situación por la que usted esté atravesando, hay varios pasos que puede dar a fin de comenzar a darle una solución a su problema. El paso más importante es este: conozca al Solucionador de todos los problemas. Después podrá usted decir con confianza: ?Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Promesas de salvación
Unos le dicen “convertirse”; otros, “nacer de nuevo” y aun otros lo llaman “hacerse evangélico”. Pero no importa las palabras que se usen, ya que la Biblia nos enseña que esa experiencia es necesaria para poder ser justificados ante los ojos de Dios, pues sólo los justos podrán reclamar las promesas de Dios con certidumbre.

Cuando uno nace de nuevo se convierte en un miembro de la familia de Dios. Antes de eso Dios era nuestro Creador; después El será nuestro Padre. A menos que hayamos nacido de nuevo, sepámoslo o no, “[somos] de [nuestro] padre el diablo” (Juan 8:44). Después de aceptar a Jesucristo como Salvador nuestro espíritu es regenerado y nos convertimos en “nuevas criaturas” (2 Corintios 5:17), o sea, hemos “nacido de Dios” (1 Juan 5:1).

¿Desea usted experimentar el nuevo nacimiento? Sólo tiene que pedirlo para obtenerlo, según se nos promete en las siguientes citas bíblicas:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

“Mas, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:8-10).

“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).
“Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4:15).

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16, 17).

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

 

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