Hacia el conocimiento de Dios – J. I. Packer

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Hacia el conocimiento de Dios – J. I. Packer

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Contenido

CAPITULO 1: EL ESTUDIO DE DIOS
CAPITULO 2: EL PUEBLO QUE CONOCE A DIOS
CAPITULO 3: PARA CONOCER Y SER CONOCIDOS
CAPITULO 4: EL ÚNICO DIOS VERDADERO
CAPITULO 5: DIOS ENCARNADO
CAPITULO 6: EL DARÁ TESTIMONIO
CAPITULO 7: EL DIOS INMUTABLE
CAPITULO 8: LA MAJESTAD DE DIOS
CAPITULO 9: EL ÚNICO & SABIO DIOS
CAPITULO 10: LA SABIDURÍA DE DIOS Y LA NUESTRA
CAPITULO 11: TU PALABRA ES VERDAD
CAPITULO 12: EL AMOR DE DIOS
CAPITULO 13: LA GRACIA DE DIOS
CAPITULO 14: DIOS EL JUEZ
CAPITULO 15: LA IRA DE DIOS
CAPITULO 16: BONDAD Y SEVERIDAD
CAPITULO 17: EL DIOS CELOSO
CAPITULO 18: LA ESENCIA DEL EVANGELIO
CAPITULO 19: HIJOS DE DIOS
CAPITULO 20: TU ERES NUESTRO GUlA
CAPITULO 21: ESTAS PRUEBAS INTERIORES
CAPITULO 22: LA SUFICIENCIA DE DIOS
TABLA DE CONTENIDO

PREFACIO
Así como los payasos aspiran a representar el papel de Hamlet, yo he deseado escribir un tratado sobre Dios. No obstante, este libro no es dicho tratado. Su extensión quizá pueda hacer pensar en que intenta serlo, pero el que lo tome así saldrá defraudado. Cuando más se trata de una sarta de cuentas: una serie de pequeños estudios sobre grandes temas, la mayor parte de los cuales aparecieron primeramente en el Evangelical Magazine. En su origen constituían mensajes independientes, pero se presentan reunidos ahora que parecen fusionarse en un solo mensaje acerca de Dios y de nuestra manera de vivir. Es su objetivo práctico el e explica tanto la selección como la omisión de tópicos y modo en que están tratados.
En A Preface of Christian Theology (Prefacio a la teología cristiana), Juan Mackay ilustró dos tipos de interés en cuestiones cristianas con personas sentadas en el balcón del alto de una casa española que observan el paso de la gente en la calle abajo. Los “balconeros” pueden oír lo que hablan los que pasan y pueden charlar con ellos; pueden comentar críticamente la forma en que caminan los que pasan; o pueden también cambiar ideas acerca de la calle, de la existencia misma de la calle o a dónde conduce, lo que de verse a lo largo de la misma, y así por el estilo; pero son espectadores, y sus problemas son teóricos únicamente. Los que pasan, en cambio, enfrentan problemas que, aunque tienen su lado teórico, son esencialmente prácticos: problemas del tipo de “qué camino tomar” y “cómo hacer llegar”, problemas que requieren no solamente comprensión sino también decisión y acción. Tanto los balconeros como los viajeros pueden pensar sobre los mismos asuntos, pero sus problemas difieren. Así, por ejemplo, en relación con el mal, el problema del balconero es encontrar una explicación teórica de cómo conciliar el mal con la soberanía y la bondad de Dios, mientras que el problema del viajero es cómo vencer el mal y hacer que redunde en beneficio. De modo semejante, en relación con el pecado, el balconero se pregunta si la pecaminosidad de la raza y la perversidad individual son realmente conceptos aceptables, mientras que el viajero, que conoce el pecado desde dentro, se pregunta qué esperanza hay de liberación. O tomemos el problema de la Deidad: mientras el balconero se está preguntando cómo es posible que un Dios sea tres, qué clase de unidad pueden representar tres, y cómo tres que hacen uno pueden ser personas, el viajero quiere saber cómo hacer honor, y mostrar amor y confianza como corresponde, a las tres personas que están ahora mismo obrando juntas para sacarlo del pecado y llevarlo a la gloria. Y así podríamos seguir. Ahora bien, este es un libro para viajeros, y trata cuestiones de viajeros.
La convicción que sustenta a este libro es la de que la ignorancia de Dios -ignorancia tanto de sus caminos como de la práctica de la comunión con él- está a la raíz de buena parte de la debilidad de la iglesia en la actualidad. Dos tendencias desafortunadas parecen haber producido este estado de cosas.
La primera tendencia es la de que la mentalidad del cristiano se ha conformado al espíritu moderno: el espíritu, vale decir, que concibe grandes ideas sobre el hombre y sólo deja lugar para ideas pequeñas en cuantos Dios. La tendencia moderna para con Dios es la de mantenerlo a la distancia, sino a negarlo totalmente; y lo irónico está en que los cristianos modernos, preocupados por la conservación de prácticas religiosas en un mundo irreligioso, han permitido ellos mismos que Dios se haga remoto. Las personas con visión clara, .al ver esto, se sienten tentadas a retirarse de las iglesias con una especie de disgusto, a fin de proseguir la búsqueda de Dios por su cuenta. Y no es posible culparlos del todo; porque la gente de iglesia que mira a Dios por el extremo opuesto del telescopio, por así decirlo, de tal modo que queda reducido al tamaño de un pigmeo, no pueden menos que terminar siendo ellos mismos cristianos pigmeos; y naturalmente la gente con visión clara quiere algo mejor que esto. Más todavía, las ideas sobre la muerte, la eternidad, el juicio, la grandeza del alma, y las consecuencias perdurables de las decisiones temporales, están todas pasadas de moda para los modernos, y es triste comprobar que la iglesia cristiana, siguiendo la misma tendencia, en lugar de alzar su voz para recordar al mundo lo que está siendo olvidado, se ha acostumbrado a darle muy poco lugar a estos temas. Pero estas capitulaciones ante el espíritu moderno resultan suicidas por lo que concierne a la vida cristiana.
La segunda tendencia es la de que la mente cristiana ha sido perturbada por el escepticismo moderno. Desde hace más de tres siglos la levadura naturalista de la perspectiva renacentista viene trabajando como un cáncer en el pensamiento occidental. Los arminianos y los deístas del siglo diecisiete, como los socinianos del siglo dieciséis, llegaron a negar, contra la teología de la Reforma, que el control que ejerce Dios sobre el mundo sea directo ni completo, y en buena medida la teología, la filosofía, y la ciencia se han combinado desde entonces para apoyar esta negación. Como resultado, la Biblia ha sido atacada intensamente, como ha ocurrido también con muchas de las posiciones fundamentales del cristianismo histórico. Los hechos fundamentales de la fe han sido puestos en tela de juicio. ¿Se encontró Dios con Israel en el Sinaí? ¿Fue Jesús algo más que un hombre muy espiritual? ¿Realmente acontecieron los milagros del evangelio? ¿No será el Jesús de los evangelios una figura mayormente imaginaria?.. Y así por el estilo. Pero es o no es todo. El escepticismo acerca de la revelación divina, como también acerca de los orígenes del cristianismo, ha dado lugar a un escepticismo más amplio que abandona toda idea de una unidad de la verdad, y con ello toda esperanza de un conocimiento humano unificado; de modo que en la actualidad se supone comúnmente que mis aprehensiones religiosas no tienen nada que ver con mi conocimiento científico de las cosas externas a mí mismo, por cuanto Dios no está “allí afuera” en el mundo, sino solamente “aquí adentro”, en mi psique. La incertidumbre y la confusión en cuanto a Dios que caracteriza a nuestra época es lo peor que hemos conocido desde que la teosofía gnóstica intentó tragarse al cristianismo en el siglo dos.
Con frecuencia se dice hoy en día que la teología está más firme que nunca, y en términos de erudición académica y de la cantidad y calidad de los libros que se publican probablemente sea cierto; pero hace mucho que la teología no ha sido tan débil y tan torpe en su tarea básica de mantener a las iglesias dentro de las realidades del evangelio. Hace noventa años C.H. Spurgeon describió los bamboleos que ya veía entre los bautistas en relación con la Escritura, la expiación, y el destino humano, como la “cuesta abajo”. ¡Si Spurgeon pudiera analizar el pensamiento protestante sobre Dios en la actualidad, supongo que hablaría de la “caída en picada”!
“Paraos en los caminos, y mirad, y. preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jer. 6: 16). Esa es la invitación que este libro extiende también al lector. No se trata de una crítica de las sendas nuevas, excepto indirectamente, sino más bien de un sincero y directo llamado a recordar las antiguas, en el convencimiento de que “el buen camino” sigue siendo el que solía ser. No les pido a mis lectores que supongan que estoy muy seguro de lo que hablo. “Aquellos, como yo -escribió C.S. Lewis-, cuya imaginación excede con mucho a su obediencia, están expuestos a un justo castigo; fácilmente imaginamos condiciones mucho más altas de las que jamás hemos alcanzado. Si describimos lo que hemos imaginado podemos hacer creer a otros, y a nosotros mismos, que realmente hemos estado allí?… y de este modo engañados a ellos y engañamos a nosotros mismos (The Four Laves [‘Los cuatro amores), Fontana, p. 128). Todos los que leen y escriben literatura devocional harían bien en reflexionar sobre las palabras de Lewis. Mas “teniendo el espíritu de fe conforme a lo que está escrito: ‘Creí, por lo cual hablé’. nosotros también creemos, por lo cual hablamos” (II Cor. 4: 13) … y si lo que aquí se ha escrito ayuda a alguien en la forma en que las meditaciones que precedieron su redacción me ayudaron a mí, la tarea habrá valido con creces la pena.

J.I.P. Trinity College, Bristol, Inglaterra julio de 1972

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